sábado, 6 de abril de 2019

Interferencia (1)

Barruntando que un salto en el vacío para acto, no seguido y sí de contrición, destapar sin ruido una de aquellas botellas que venía guardando desde no podía recordar ya dónde pero sí, seguro, para despejar cualquier lugar en el que pudiese caber la más insignificante, menospreciable de las dudas que pudiera jamás haber parido, dado a luz de candiles de llamas ondulantes, sinuosas como el andar pensando, discurriendo, ora en la cotidianidad del ir, o del venir, a cuento o sin la tarea realizada y lamentando, a susurros, el no haber sabido encontrar una salida airosa y por el punto de inserción que fuera a ser garante de que no surgirían problemas tan nuevos que, aun recurriendo a todo el saber acumulado a lo largo de décadas, no se hubiera descubierto para entonces una solución de continuidad que encajase, sin fracturas ni tener que forzar los goznes de las encrucijadas, a la imperfección en el reducidísimo margen de intolerancia, o de incomprensión que, una vez asignado y tras sellar el acta, habría de ser inherente costara lo que costase y aun a riesgo de dejarse la vida en el empeño para, una vez resuelto el caso, encontrarse con la molestia adicional de tener que regresar a recogerla y, quién sabe, si viéndose en la obligación legal de tener que abonar gastos de almacenamiento que en absoluto deseaba afrontar para que le devolviesen una vida tan inútil y tan vieja, tan pavorosa y enfebrecida inteligencia como la que pariese, diera a la misma luz ya mucho antes, aquella Eternidad hostil que las engendrara (a ella y a sus hermanas) para, luego y sin pudor alguno, vomitarlas no sería del todo limpio habida cuenta y razón de que el tal y en términos absolutos sólo existe en unas condiciones muy especiales que ella estaba totalmente segura de ni reunir ni contar con la capacidad de persuasión suficiente para convencerlas (tan raritas ellas) de que se amigaran por sí solas y dejando a un lado las diferencias que con un poquito de buena voluntad no tenían por qué hacerlas sin remisión incompatibles, optó por llenarlo ella misma, con sus propias manos y los restos mortales aun calientes de todo cuanto alguna vez fuese sustento, oráculo o remanso de guerras perdidas sin haber tan siquiera hecho el intento de presentar, de manera formal y rodeada de todos los honores, la correspondiente batalla sobre las faldas de seda o terciopelo de las señoras endomingadas o, más divertido quizás, bajo la apariencia, inocente por más que engañosa pero (se dijo) que viniera a demostrarlo nadie, de cualquiera de los caballeros que, pensaban ellos, volverían, en ese constante ir y venir de la fortuna, a encontrarse con alguna que, ya por caritativa o complaciente, ya por necia, les concediera el inmenso favor, la enorme gracia (de ahí lo de “divertido”, pensó, sonriendo para sus adentros) de traer a sus manos, una vez más, el poder y la fama, que, y eso lo entendería cualquiera que acudiese a hacer no importaba qué reclamación antes que ella, no iba, ni en el mejor de los casos que cupiera (en un espacio tan reducido para un tiempo tan largo) ni en el peor de los mundos pensables, a merecer ni la pena de quienes la añorasen ni el aplauso de quienes la juzgaran decidió, sin pararse ― no supo si con buen o mal criterio pero consciente sí de que ya estaba en el aire (y en antena, con esa definición tan exasperante que tienen las televisiones modernas) ―ni a reconsiderarlo con serenidad ni, menos aún, a recomponer sus vestiduras (ellas) ni sus ilusiones tan pueriles (ellos), olvidarse de innovaciones y hacer las cosas como debían de ser si, como (eso sí) se tomó la libertad de suponer, estaban siendo como siempre.

domingo, 27 de enero de 2019

En torno a la representación del cuerpo femenino en el arte

Creo que sí ha cambiado la visión que se tiene de lo femenino. Pero, curiosamente, el cambio ha venido de la mano de las propias mujeres que parecen empeñadas – obsérvese que entre “mujeres” y “que” no hay coma – en arremeter contra esa feminidad que tanto, y con tanto ahincó y con tanto espíritu imbuido del machismo que tanto proclaman detestar, dicen defender.

Y, centrándonos en el tema del taller y la representación del cuerpo femenino, opino que los hombres que a lo largo de la historia del arte lo han representado – obsérvese que entre “hombres” y “que” no hay coma – lo han hecho con bastante más respeto y delicadeza que las mujeres que – también sin coma ―, en su afán de protesta, lo representan en posturas y actitudes que resultan no poco groseras y sí bastante grotescas.

En cuanto a la anécdota (que yo desconocía) de que una feminista – indignada al parecer por la utilización como objeto del cuerpo de la mujer ― apuñaló a la venus del espejo de Velázquez, me parece que habría resultado más fino, más coherente y acorde con una forma de hacer netamente femenina, armarse no de cuchillo sino de lienzo y óleos y pinceles y, con ellos, dar la réplica con un “El Adonis del espejo”.

O, por otro ejemplo, en replica (o revancha) a Manet y a su Olympia, otro cuadro – pero eso sí, por favor, tan bueno y tan bien pintado como el de Manet – en el que en lugar de la prostituta aparezca un gigoló.

Si las mujeres, las de verdad, saben y pueden – sin esgrimir en sus manos tan blancas arma alguna - ser infinitamente más incisivas e hirientes, y provocadoras que los hombres, me pregunto por qué tanto denuedo (insensato a mi juicio) en destruir su propio espíritu, y su propia esencia, y su propio principio, tan del todo imprescindible para el desarrollo integral del ser humano como el principio masculino.

Así que, como escuché a alguien una vez, mejor no pelearnos y vamos a llevarnos bien… lo que haya que llevarse.