lunes, 18 de junio de 2018

Texto 14.14


Publicado por El Aventurero el Jun 18, 2018 en Prólogo a la carta número catorce. Llamando a las musas.

14.14 “Cuentan los que se definen como entendidos que las artes escénicas nacieron en el timepo del Imperio Griego. En todos los ritos hay teatro. Teatro con su primer agonista conducido al sacrificio voluntario o forzado, con relaciones ascendentes y descendentes, Tierra y Cosmos, que intentan colocar al hombre como crisol, como ser místico-redentor en el que se reúnen las condiciones para que se decida la Historia. Y cuando en el teatro se pregona el nacimiento del hombre futuro o se denuncian las trabas para que nazca, se está trabajando en la base del arte, y todos los que participan comparten un viaje mágico por los territorios de Eros y Tánatos y a la vuelta cuentan al cerebro que se puede romper la dualidad.”




COMENTARIO DEL AVENTURERO


Un hombre camina hacia el centro de una plaza. Atardece. Se detiene ante una hoguera que se levanta victoriosa hacia el cielo, justo en el centro del círculo. Hay tres lámparas de aceite. Las enciende despacio, reflexivamente. Deja una moneda. La luz de la hoguera desdibuja una figura que le está observando: Hermes ha acudido. El hombre se atreve a cercarse a su cara y, rápidamente, le susurra al oído un secreto. Una pregunta. Casi inmediatamente se tapa los oídos y camina lentamente hacia el exterior de la plaza, dejando tras de sí la hoguera y la estatua.


En todo rito hay teatro, hay confusión y hay esclarecimiento. Ambas cosas son parte de lo mismo. El antagonista también necesita resolver su vida. La necesidad es parte del destino que, aparentemente es un proceso de vida pero en realidad es un proceso de muerte. Eros y Tánatos buscan despertar al daimon. La respuesta más elevada, la solución más sorprendente, sale del abismo y sale del cielo. Porque ambas cosas son parte de lo mismo. Desde el Cosmos se crea la Tierra y desde la Tierra sólo se puede mirar hacia el Cosmos. En este proceso ascendente y descendente, los dioses juegan un papel similar al antagonista y al protagonista y su poder divino es capaz de decidir el destino por encima del bien y del mal, por encima de todo conocimiento posible. Y todo actor es en sí mismo todo lo que se puede desear y despreciar en un ser humano, en esa aspiración de ser lo más alto desde lo más bajo, contradicción pura, vida, delirio báquico que quita el sentido de las cosas y muestra, sin embargo, su vocación. Así, por fin, nace un pensamiento lúcido: es como si el olvido despertase la memoria.


Olvidar todo aquello que no permite dar salida a lo que todavía no es, pero está siendo, a aquello que sabemos que debería suceder de forma inminente, pero no vemos. En realidad, vamos al teatro para recordar o mejor: para olvidarnos y recodarnos al mismo tiempo. Dar impulso al daimon que atraviesa las finas puertas del Hades y regresa preñando cada instante de misterio. Y al salir del teatro, allí donde miremos, el misterio nos devuelve la mirada y todo cobra sentido porque significa algo que todavía no entendemos. Hemos invocado a la misma Afrodita (en secreto, sabemos que ninguna idea y ningún dios es capaz de resistirse a su belleza), y nos hemos convertido en Eros.


Cuando el hombre llega a los edificios que rodean la plaza destapa sus oídos: la primera voz que escuche será la respuesta a su pregunta. Voluntariamente, prefiere vivir resolviendo el enigma. Porque ni él ni nosotros nos atreveríamos a acercarnos a un dios para pedirle una receta, sabemos que así no se decide nuestra Historia.