domingo, 6 de mayo de 2018

Texto 14.8

Publicado por El Aventurero el May 6, 2018 en Prólogo a la carta número catorce. Llamando a las musas.

14.8 “Cuando alguien contempla los iconos de Andrei Rubliov puede intentar el análisis, buscar los colores, la geometría, la composición estética, incluso valorar la armonía entre los mudras contenidos en los mensajes de las manos y las llamadas que se desprenden de las miradas. Puede admirar la capacidad técnica del aparejo de las tablas y utilización de los colores, pero si se deja contemplar por la obra, si se abandona a una geometría buscada y encontrada que despierte la suya, se estará produciendo el encuentro con un nivel de consciencia desconocido y será el espectador el que realmente se convierta en artista. Ésa es la magia del arte, por medio de sus claves misteriosas se pueden repetir encuentros que transformen de manera diferente la consciencia cada vez que se contempla la obra.”




COMENTARIO DE EL AVENTURERO

Dejarse contemplar por la obra de arte, abrir espacios a la consciencia, eliminar el pensamiento lineal, el análisis, abrir la intuición del corazón, dejarse palpitar, esperarse, purificar la materia y dejar que el espejo transforme la figura que refleja, con el pecho abierto y la mente clara y las raíces hacia el cielo, pues la obra se proyecta de manera inevitable sobre su espectador.

Cuando uno contemplaba una obra de arte, recibe inevitablemente una “impresión”. Aunque sensitivamente no la reconozca, la onda vibratoria que desprende un cuadro, su proyección lumínica, sus colores, cambian su temperatura en cada gama, ondas geométricas rebotan en los rincones y paredes de su propia catedral corpórea y una música distinta ilustra el pensamiento.

Cuando alguien contempla la obra de un artista, si la contempla sin juicio, mas con entrega abierta, recibirá el regalo divino del encuentro que el propio artista encontró en el proceso de descubrir su obra. Ese rastro sigue latente y no desaparece ni siquiera con la muerte del autor, pues abrió una ventana a otros espacios de vida, desde esa entonación afinada de la materia de su obra. Participar de un hecho artístico exige del espectador un acto de aventura, como quien se enfrentara a lo que pudiera ser para él mismo un rito iniciático guiado por ciertos sacerdotes: la propia obra. Pues el arte nos puede hacer viajar en el tiempo hasta el borde de su frontera, algo así como soñar despierto.