sábado, 15 de julio de 2017

Texto 12.36


Publicado por El Aventurero el Jul 16, 2017 en Duodécimo mensaje. La noria de los ángeles.


12.36 “El segundo impulso lo inspira el reconocimiento sensitivo, la relación con el entorno, y su enemigo es la duda que acecha de forma incesante en los parajes primarios de la razón. La duda y su consecuencia el pensamiento binario o racional es la base de la personalidad, y en ella se asientan la mayoría de las virtudes y defectos del personalismo superficial”.





COMENTARIO DE EL AVENTURERO

La duda está pues relacionada con el modo en que procesamos la información que recogen nuestros sentidos de todo lo que nos rodea, nosotros mismos incluidos. Y el modo en que procesamos esta información es dual, racional. Pero cuidado: no es que el pensamiento racional genere de por sí la duda, como a primera vista podría parecer, sino que es al revés. Es decir, la duda primordial, básica, filogenética, acerca de lo que percibimos, es la que hace que hayamos desarrollado de manera tan predominante el pensamiento racional. El texto lo dice bien claro: el pensamiento binario es consecuencia de la duda.

Uno tiene la tentación de encontrar la explicación antropológica a este fenómeno (en el que desde los comienzos de esta humanidad lo emocional —la duda— tuvo predominio sobre el modo de entender el mundo y de relacionarse con en él —el pensamiento—) en el miedo. En la llamada lucha por la supervivencia. En esa mortal necesidad de estar seguros de que lo que hemos percibido —visto, oído, palpado, olfateado, saboreado, sentido— es veraz, es cierto. O… al menos más cierto que su contrario. Que su supuesto, imaginado, temido o indeseado contrario. Ahí está ya inventada la dualidad. Surge de la perentoriedad por contar con la (quimérica) absoluta confianza sensitiva en la interpretación del entorno, de cara a una toma de decisiones con una (quimérica) ausencia de errores. De ahí que el espejo negro de la duda sea el fracaso.

No es difícil colegir cómo una forma de entender el mundo basada en el miedo a equivocarse puede haber prevalecido y, aún más, haberse enseñoreado hasta alcanzar los límites a los que a día de hoy ha llegado, con sus virtudes y sus defectos. Y lo que es más paradójico aún: tan firmemente anclado en nuestra personalidad está el pensamiento binario como «traductor» en nuestra relación con el entorno, que necesitamos el miedo para seguir justificando nuestras más íntimas y colectivas deliberaciones, y lo seguiremos fabricando o imaginando hasta que el mundo entero sea capaz de romper con la idea de que cada uno de nosotros somos todavía y siempre una amenaza para el otro.