domingo, 17 de julio de 2016

Texto 11.11

Publicado por El Aventurero el Jul 17, 2016 en Prólogo a la carta número once. La cárcel del ego.

11.11 “Las librerías están llenas de cuadernos publicados por impostores en los que se aconsejan ejercicios, respiraciones, fórmulas de enajenación del pensamiento, talismanes, reglas, rituales… fórmulas genéricas para sanar el cuerpo y el espíritu, soluciones que a todos sirvan, como si la Humanidad estuviera formada por seres clónicos cuando sólo los diablos construyen seres idénticos, porque en la azarosa Historia de las historias no ha habido dioses que hicieran fotocopias. Ante la demanda de vendedores de humo, el sectarismo cronológico saturniano va sumando grupos de adeptos que no están sino dando oxígeno a los modelos religiosos, políticos y socioculturales convencionalizados por la meta de la supervivencia, reduciendo al hombre a la única esperanza de que entre los barrotes de la cárcel se cuele un fotón que despierte una nueva luz”.

COMENTARIO DE EL AVENTURERO


La R.A.E define la impostura como 1) Imputación falsa y maliciosa, 2) fingimiento o engaño con apariencia de verdad. Es posible que una de las mayores imposturas se realice al homogenizar a todos los seres humanos dentro de lo colectivo. Este ejercicio abyecto potenciado por el poder, promueve la adscripción al rebaño y por tanto facilita que seamos pastoreados. Todos pretendemos ser genuinos desde formulas estereotípicas reconocibles por todos, una especie de contradicción absurda en la que quizás no reparamos lo suficiente y que enarbola el lema de “sé tú mismo pero como todos”. Esta clonación del individuo conduce incluso a la uniformización del tiempo, es decir, se estipula cuándo son los momentos de ocio, cuándo los momentos de seriedad, responsabilidad, momentos distendidos, etc. Se reglamentan hasta los estados de ánimo en función de la hora, el día de la semana, temporada del año y ubicación dentro de la pirámide de edad en la que te encuentres.


Esta pérdida de la espontaneidad del disparate de cada ser humano absorbido por una corriente colectiva podría compararse con el comportamiento del cardumen en el mar. Aquí una masa ingente de peces se mueven al unísono, unas veces a izquierdas otras a derechas, pero ninguno sabe quién empezó el movimiento, lo único importante es no salirse del grupo. De alguna manera dejamos que nuestros cerebros obedezcan directrices que ni hemos reparado en ellas, simplemente porque parece lo mejor para la perpetuación del grupo con el que nos referenciamos. Incorporamos como propias cosas que a lo mejor conculcan nuestra propia verdad, la cual cada vez queda más velada por la dificultad del reconocimiento de nuestra mentira.


Si potenciáramos la individualidad, es decir, el desarrollo de lo subjetivo, el engaño sería más difícil porque reconoceríamos más rápidamente los cantos de sirenas, las recetas que lo curan todo, las formulas definitivas, etc… Si se nos formara desde pequeños en el reconocimiento de nuestra mentira, a tomar conciencia de cuándo estamos falseando las cosas, al menos en alguna medida, sería más fácil salir de la justificación en pos del crecimiento.


Salir del ejercicio de la dogmatización de cualquier cosa parece que es el principio del crecimiento, porque cuando cambiamos, nuestra realidad también ha cambiado.