jueves, 27 de septiembre de 2012

Una señora (fragmento)


– Una señora no debe…
– ¡Ah, pero yo no soy una señora! — Replicó con una cierta vehemencia.
                Luego, más pausada:
– “Señorita” — y con una sonrisa que suavizaba el tono, agregó con orgullo —: me las arreglé para que mis novios me dejaran por otras.
                Y, en voz muy baja, como quien confiesa un secreto de esos que nunca deben desvelarse, “¿Porque  qué necesidad hay, verdad, de herir a nadie?”.
Grapadora




martes, 25 de septiembre de 2012

La casa pequeña

Porque había la casa grande y también la casa pequeña. Eran las dos del mismo estilo, del que tenían antes ciertas casas señoriales que sin pertenecer propiamente a ninguno arquitectónico sí llevaban todas, o al menos en su memoria es así, el sello de un cierto señorío en sus muros sólidos, de ladrillo rojo sentado y oscurecido por el tiempo. Estaban una a cada lado de la calle Duque de Sevilla, la grande en el número 14, lo recuerda bien porque era la dirección oficial del colegio, la que figuraba en los membretes y donde estaban los despachos, y la capilla, y el gimnasio y las cocinas y el gran portón color verde de doble hoja que abrirían antaño quizás quienes viviesen allí entonces de par en par para que entraran los carruajes pero del que ahora ― quiere decir su ahora de entonces ― se abría nada más una puerta pequeña en la hoja de la derecha; y el umbral de esa puerta es el que ella debía cruzar forzosamente antes de las 9 si no quería tener que suplicar encarecidamente a Margarita, la sirvienta que ejercía de implacable cancerbero, que por favor, por favor por favor, Margarita, déjeme entrar.
En la casa pequeña sólo había aulas, la dirección no era imprescindible utilizarla para nada y, por eso, cree que nunca se prestó atención al número. Sí estaba bastante más al principio de la calle y, como todo lo que rodeaba a ambos edificios era campo, cabe suponer que antes de trazar la calle las dos casas habían estado dentro de un mismo recinto; de hecho se decía, en el colegio, que las dos habían pertenecido a los duques de Sevilla, y que por eso la calle llevaba ese nombre. Había una niña, algo mayor que ella, a la que se conocía con el apodo de Chota – puede, dice, parecer un apodo raro, pero así era, y que desde luego no se le daba ningún tono despectivo o burlón porque era una niña con muchas amigas, y muy respetada como lo son las niñas de buena familia; ese tipo de niñas a las que las profesoras reprendían, sí, si era necesario, pero no con la acritud que se emplearía con las personas de clases inferiores – y de la que nunca conoció su verdadero nombre que, por lo visto, pertenecía a esa familia.


domingo, 9 de septiembre de 2012

Texto 4.7


Publicado por El Aventurero el sep 9, 2012 en Prólogo a la carta número cuatro. Herencias


4.7 “Ulises tapó los oídos de tantos navegantes, que puede que en algún momento se cansen de cantar las sirenas por falta de público; y mientras tanto los charlatanes, bañados por la saliva sobrante de una multitud estática y errante, predican en play back secuencias que ya eran antiguas en los tiempos de las razas”.

COMENTARIO DE EL AVENTURERO
La palabra, y el idioma como forma consensuada de entendimiento parece facilitar las relaciones entre los seres humanos, posibilitando aquello que denominamos; comunicación. Pero hay un matiz del idioma que nos desgasta lentamente hasta convertir el idioma en una recreación de nuestra razón, y ese matiz son nuestras obsesiones o ruido mental. Un ruido construido por las millones de rodadas sobre los mismos circuitos neuronales. Estos circuitos viciados, desde la verbalización constante en nuestra cabeza, hacen del uso del idioma una camisa de fuerza para nuestra creatividad. Nos contamos cientos y cientos de veces lo que ya sabemos, esta rutina que conforma el ruido mental y que llega en oleadas a nuestro cerebro no solo es fruto de una dificultad para dejar el vació en el que se pueda asentar algo nuevo, sino que está bien indizada desde el poder para aturdir nuestra capacidad de libertad.

Somos bombardeados una y otra vez con mensajes contradictorios, se vende la autosuficiencia (falta de dependencia), al mismo tiempo que no sabemos ni cambiar una rueda, arreglar un enchufe o saber cultivar un tomate. Se nos vende la cultura y la educación y no sabemos distinguir un cuadro bueno de uno mediocre ni distinguir a un artista de un impostor.

Sin embargo nos hacen creer que dominamos todas las disciplinas porque tenemos Wikipedia y que las distancias entre los seres humanos se han desvanecido porque tenemos facebook. Pero en lo profundo sabemos que no es verdad y lejos de clarificarnos nos empiezan a aflorar sensaciones contradictorias sobre lo que día a día nos encontramos alrededor, ¿Realmente quiero trabajar? -Si cada rato en el trabajo estoy pensando en salir de él- ¿Es amor lo que siento o me lo estoy inventando? ¿Y tengo que vivir con mi pareja y tener hijos y pagar una hipoteca?

Mientras todo esto sucede nos van metiendo el medio en el cuerpo, miedo a no cruzar por el paso de cebra, miedo a no pagar los impuestos, miedo a no ejercer ese derecho tan maravilloso como el de votar, miedo a no saber inglés, miedo a no tener una casa, a no tener pareja…. miedo .Con este soniquete mental vamos enmarañando nuestra capacidad heroica de cambio y empezamos a generar pequeñas rutinas mentales desde las que creemos que conocemos todo lo que nos puede pasar, y además, hemos definido como va ser nuestro futuro. De esta forma nos adocenamos nosotros a nosotros mismos constantemente, para controlar los miedos que nos han y hemos ido generando.

Es obvio que no hay mejor rehén que el que no quiere escapar de sus captores.

Hay que desentrañar los miedos impuestos para dejar de ser manipulables. Hay que fomentar la capacidad de análisis y la capacidad sensitiva para romper la monotonía. Hay que liberar nuestra propia capacidad idiomática para identificar las trampas que el modelo nos vende y así dejar de ser cómplice inocente de sus fechorías. Hay que dar un nuevo sentido a la palabras, por ejemplo bienestar, sí vemos claro que dicha palabra no implica lo mismo hace tres siglos que ahora, debemos comprender que no podemos otorgarle el máximo valor al concepto actual de bienestar o nunca transformaríamos esa situación. Sin embargo nos venden el bienestar como una situación concreta estipulada a conseguir en la cual si YO tengo casa, tele, coche y vacaciones en la playa las cosas van bien aunque al lado se esté muriendo alguien porqué ha dejado o nunca fue útil. Mientras no desenmascaremos a las palabras de las connotaciones impuestas, nosotros mismos perpetuaremos en muchas situaciones el modelo aún sin ser conscientes. El valor del lenguaje debe entroncarse con una búsqueda y así conceder nuevas posibilidades a nuestra ya vieja realidad.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Dicen que


Dicen que si hay otros mundos, y que en ellos otras gentes, y que allí todo es distinto de lo que en éste se entiende por bondad y por belleza, por verdad y por mentira, por realidad y entelequia, por amor y desapego y por todo cuanto encierra el sentido de la vida que vivimos los mortales moradores de esta Tierra que tan inconsciente gira alrededor de qué vemos qué palpamos y qué oímos y qué es lo que nos alienta a, al despertar cada día, echar a andar mundo adelante sin echar atrás la vista y sin pararnos en barras olvidarnos de qué pinta la inquietud en nuestras almas y qué ese empuje que incita a no querer alejarse de afectos que nos dejaron con el corazón vacío y la miel entre los labios.

Composición