domingo, 1 de enero de 2012

Texto 3.12



Publicado por El Aventurero el ene 1, 2012 en Prólogo a la carta número tres. Rastros de nuevos tiempos

3.12 “Cada zona del mundo tiene sus mantras, sus sonidos y sus deidades e idealidades, y sus piedras sagradas y sus colores y sus tiempos; por eso cada país ha de afrontar el presente con su Historia y con sus ritos, borrando las rayas pintadas en el suelo y quitando los barrotes a la sensibilidad para que nazca la inteligencia, porque el futuro no se inventa: lo descubren las musas que despiertan al hombre hacia estados superiores de consciencia.”


Afrodita

2 enero, 2012


Alguna vez leí, o escuché, no sabría decir dónde, que El Quijote era una obra universal porque (entre otras cosas) era… no recuerdo exactamente la palabra, pero “localista” o algo así; como que desde lo pequeño — un par de personales “insignificantes” — y un lugar pequeño y perdido sin quizás interés para nadie, se hace una especie de síntesis del alma humana.

Don Quijote y Sancho no vieron mundo, no se nos cuentan en el libro viajes a países lejanos y exóticos; pero se dice mucho en él de… eso, lo que he escrito más arriba, el alma humana.

Otra cosa.

Yo he viajado muy poco y durante toda mi infancia y parte de mi juventud creía que los lugares remotos y las gentes de otras partes eran muy diferentes de los de “aquí”. Me regalaron un libro que se llamaba “Los niños de otros países” y recuerdo que me fascinaba leer de sus costumbres, y de sus vestimentas, y de sus juegos tan distintos de los “nuestros”.

Luego, cuando ya de mayor he visto otros países y otras gentes — siempre en películas, o en documentales de la 2 — no he sabido qué lugar era o de qué gentes se trataba si la voz en off no decía el nombre del país.

Todo es igual, o muy parecido; si no te lo aclaran puedes estar viendo Ciudad del Cabo y pensar que es Nueva York, o Hong Kong. Todo está contaminado lo uno de lo otro, todo es ya una especie de magma amorfo sin identidad.

Debe de ser bueno, y yo así lo creo, que en muchos aspectos se acorten distancias, que las culturas que no son “la nuestra” no se perciban como algo hostil o amenazante que pretende borrarnos, o absorbernos, invadirnos y borrarnos y hacernos desaparecer; pero también debe de ser bueno, y así lo creo también, que cada pueblo, o cada raza, o cada creencia religiosa, conserve su identidad.

Creo que sólo conservando la esencia, el centro mismo, o la raíz, de cada una de todas las culturas — desbrozado de atavismos e histerismos y manías — se llegará a una aceptación y comprensión del que es distinto; siempre, claro, que para aquellos para quienes los “distintos” somos “nosotros” utilicen la misma vara de medir.

Pienso que a eso, y a otras cosas (más sutiles, por supuesto) es a lo que se refiere el autor en este texto.

Afrodita

2 enero, 2012


Fe de erratas:

Donde he escrito personales quise escribir personajes.

En el penúltimo párrafo quise escribir: siempre, claro, que aquellos para quienes los “distintos” somos “nosotros” utilicen la misma vara de medir.


***


Afrodita

10 enero, 2012


Antónimus:

Debía yo de andar espesa o somnolienta cuando leí tu comentario del día 3 y, al leerlo hoy de nuevo, me percato de que tú interpretaste (o así me parece) que yo tengo algún tipo de prejuicio hacia la inmigración, o los inmigrante, o cualquier tipo de mestizajes.

No, nada más lejos de mi ánimo. Ya sé que este país en el que vivo y en el que nací es el resultado de mestizajes entre pueblos de lo más dispares; y me parece bien, y hoy por hoy hay, en mayor o menor medida, en cada español un algo de celta, o de romano o de godo o de judío o de moro; y eso es riqueza, tanto desde y para lo que concierne a la sensibilidad como a los aspectos culturales.

Pero los colores (por expresarlo de algún modo) están ahí, definidos; las características y rasgos y virtudes y defectos se fueron mezclando (me lo imagino como muchísimas bolas de colores en un tarro de cristal) y el resultado es multicolor; y eso es bueno, sí, pero deja de ser bueno si los colores se diluyen y todo se vuelve gris. Y eso es lo que no me agrada, que el mundo sea gris y que por contemporizar con no sé qué criterios de abnegación o de buenismo ya nadie sea nadie, ya no exista una identidad no por la que luchar pero sí por la que conservar un respeto.

Y, por otro lado, mira qué broncas hubo sobre esta península, y sobre toda Europa, hasta que los ánimos se asentaron y hoy somos, sin mayor sobresalto, alemanes u holandeses o franceses y andaluces o gallegos.

Y en nuestros tiempos modernos. Estuve en Londres (como turista, sólo unos días) hace cerca de treinta años y me maravilló ver a gentes de distintas razas, por las calles, en el metro, todos tan distintos pero con una especie de algo, que parecía a mis ojos brillar en los suyos, o ir impreso en sus frentes, que rezaba en letras muy grandes “me siento en mi casa”. Y me dio gusto y al mismo tiempo envidia; aquí no habíamos empezado a tener todavía inmigración, o no masiva, y pensé como un sueño imposible que aquí, en España, nunca sucedería que gentes de tan lejos dijeran — con sus ojos, o con su aplomo, o con su forma de moverse o de permanecer quieto — “estoy en mi casa”.

Afrodita

10 enero, 2012


(sigo)

Pero terminamos por tenerlo; inmigrantes llegados de todas partes. Y lo único de ellos que me produce aprensión y, quizás, algo de miedo, es que no veo en sus miradas esa sensación de “estoy en casa” sino más bien (o más mal) “estoy en un territorio hostil, entre extraños por los que he de hacerme aceptar” e incluso, en ocasiones, tengo la impresión de que nos miran como demandando “yo soy el débil, el desposeído y el desvalido; y tú, ricachón occidental, tienes que solucionarme la vida y llevarme en brazos”.

Y hay una especie de lucha, al estilo moderno y urbano pero quizás tan enconada como las que hubiera entre… (en ese jardín no voy a meterme, que la Historia que aprendí fue en el bachillerato y ya no recuerdo si se peleaban los godos con los celtas o con los romanos o cuáles con cuales porque también me suena algo de astures y de bárbaros y de vikingos y de hunos; pero me hago mucho lío); y de a poquitos se irán suavizando hostilidades y viviremos algún día en casas de vecinos donde nos saludaremos, tan normales, en el ascensor, por la mañana, con el judío que va al templo y con el musulmán que va a la mezquita y con el católico que va a misa, y con el negro y sus trencitas y con…. Ay, se me acaba la cuerda.

Y que todos seamos tan amigos, pero que el mundo no se vuelva gris ni monocorde en ninguno de los aspectos imaginables.

Pero, insisto, creo que falta mucho para que eso ocurra.

Vaya discurso que me he largado, sin quebrarme los cascos y ni repasar; que sólo le doy al corrector ortográfico por si hay alguna falta gorda. Pero mal redactado y expresado chapuceramente sí que puede estar. Y allá va.