viernes, 14 de octubre de 2011

Texto 3.7


Publicado por El Aventurero el oct 14, 2011 en Prólogo a la carta número tres. Rastros de nuevos tiempos

3.7 “Si alguien puede conectar los ojos de un pájaro a su propio cerebro, ¿qué más cosas puede hacer?, ¿dónde están las limitaciones?; todo el mundo ha experimentado alguna vez sensaciones y experiencias desde los sentidos de otra persona, y a veces con más veracidad y realismo que desde el análisis críptico de lo que le rodea”.



Afrodita
15 octubre, 2011

Hay palabras que tienen un significado que no entraña complicación ninguna, que todos los que hablan un mismo idioma van a entender de la misma manera. La palabra evolucionar no es de esas, no es como decir “caminar” o “dibujar” o “sonreír”. Decir “evolucionar” es decir algo que puede ser o resultar muy claro en la mente de quién lo esté pronunciando, pero imposible de definir de modo que cada uno que nos escuchase pudiera no ya compartirlo sino tan nada más entenderlo.
Lo que cada persona entendemos por evolución está, creo, de forma bastante inevitable impregnado de qué queremos, o de a qué aspiramos, o de cuál sea el baremo de prioridades o de calidades o de cualidades que apliquemos —sea de forma espontanea o aprendida o inculcada, que a saber dónde andan las líneas divisorias ni “quién” o cómo las colocó ni con qué criterio — a nuestros actos y a la voluntad que los mueve.
Otra palabra chunga de encarar es “actos”, porque hay formas de actuar que se pueden llevar a cabo sin mover ni una pestaña y surtir su efecto que, cosa curiosa, no siempre corre paralelo con la apariencia de bueno, o de malo, o de inocuo del acto en cuestión… Pero bueno, no me voy a meter con los actos.
Vamos, quiero decir, centrándome en la evolución, que si alguien me exigiera “ya me estás describiendo ahora mismo qué es evolucionar o te corto el cuello” terminaría decapitada; y no porque no tenga ni idea de qué es, sino porque la idea que tengo es la mía y la que se adecúa a qué yo entiendo por el “logro de la perfección”.
Es algo que no existen palabras para poderlo trasmitir de una persona a otra. Y cuando intentamos sintonizar, entrar en la onda de qué ese otro que se expresa quiere significar, siempre se producen desajustes; y réplicas y contrarréplicas que jamás van a ensamblar porque la idea de cada cual está muy enraizada en lo más profundo de su ser, allí donde desde la razón o el discernimiento no se puede llegar.
Sí se podrá llegar desde alguno de esos otros planos de consciencia a los que se accede mediante un “trabajo”; pero qué entendemos cada cual como “trabajo” es meterse en un nuevo jardín, muy frondoso y muy intrincado, ya que cada uno lo va a entender a su manera y lo va, una vez más, a adecuar a sus objetivos o a sus metas.
Las personas no solemos plantearnos, creo, que nuestras auténticas metas podamos estar desconociéndolas porque, quién sabe, si no estarán alojadas justo en aquello más profundo del ser donde ni la razón ni el discernimiento pueden llegar.
Será en tal caso necesario que se abran, de alguna forma, los caminos que puedan irnos encarrilando hacia ese centro del “yo” donde se encuentra nuestra realidad auténtica y última, la que buscamos antes incluso de nacer aun sin saberlo; pero, entre tanto, siempre estaremos sujetos a, de alguna forma (y es una manera ya lo sé un tanto tosca o escueta de expresarlo), nuestras vanidades, o nuestras ambiciones, o la inmediatez de qué está estipulado —en este mundo nuestro donde el no tener los pies bien asentados sobre el duro suelo, y que se vea, es correr muy serio riesgo de ser un memo — y admitido como meta, o como objetivo, o como logro.
Y siempre estamos en una especie de pescadilla que se muerde la cola porque siempre estaremos condicionados por nuestros criterios, y nuestros criterios estarán condicionados por nuestro grado de evolución, y… ¿nuestro grado de evolución estará condicionando nuestra capacidad de seguir evolucionando y condicionado a esa capacidad?
Ahí, mira tú, me pierdo. Me asalta la duda de si la capacidad se amplía, si es de algún modo “elástica” o es la que es, para cada cual la suya y única, y si lo que corresponde hacer es nada más (y nada menos) que, sencillamente, desarrollarla, desplegarla o algo así, como si estuviese ahí ya pero como hecha un ovillo, dentro, en ese lugar del “yo” al que no se llega ni por el discernimiento ni por la razón.

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Afrodita
17 octubre, 2011

Interesante reflexión, Aventurero.
Estoy convencida de que en efecto “vivimos en nuestra piel las emociones y experiencias de otros”, de que las personas somos, todas, una especie de acumuladores que nos vamos cargando de la energía que se desprende de todas las demás personas; todos vamos constantemente absorbiendo esas energías y desprendiendo al mismo tiempo las nuestras; las nuestras que cuando salen de nosotros ya lo hacen modificadas por la interacción de las que hemos recibido.
Y no lo digo en ningún sentido abstracto. Me refiero a ello como sensación perfectamente física y tan perceptible y evaluable como puedan serlo el frío o el calor.
Y esas sensaciones o percepciones se tienen, en mayor o menor medida y dependiendo de la sensibilidad de cada cual; que unos podemos tener una sensibilidad muy despierta o muy dispuesta para unas cosas más que para otras, claro; y en función de esa sensibilidad el mundo que nos rodea y todas sus circunstancias nos afectarán más o menos, y nos zarandearán en unas o en otras direcciones o hasta en varias a la vez de modo que, al cabo de un día, cuando regresamos a casa y nos quedamos a solas y nos quitamos los zapatos nos sentimos del todo hechos polvo y, no siempre, por cansancio puramente corporal o, ni siquiera, intelectual ni porque nos haya sucedido nada distinto y sí simplemente porque nos hemos ido impregnando,saturando de los sentimientos y del estar de otros que pueden no haberlo manifestado.
Muchas veces las personas ansiamos —creo que me voy de una cosa a otra, pero en todo caso tomando como punto de apoyo el comentario del Aventurero —, o fantaseamos, jugamos con la idea de que nos adornen unas capacidades que nos faculten para ser… no encuentro las palabras, para “percibir al otro en toda su realidad” o algo así. Es algo que imaginamos deseable, algo que nos proporcionaría una especie de ventaja, que nos pondría como que por encima de nuestros congéneres. Pero… ¿podríamos soportarlo?
¿Podríamos las personas soportar el peso que ha de suponer el “saber” a los otros?
En todo nuestro cuerpo están impresas todas nuestras verdades.
Una arruga pequeñita, una inflexión de la voz, la forma de sujetar un vaso están cacareando y largando a los cuatro vientos nuestro pasado y nuestro presente y nuestro futuro y nuestras inquietudes y nuestras intenciones y nuestros miedos e, incluso, nuestras dolencias y qué males nos acechan. Sólo hay que saber “leerlo” y, cuando se sabe, el interpretarlo es tan sencillo e inequívoco como lo pueda ser PROHIBIDO FUMAR o CUIDADO CON EL ESCALÓN en un letrero.
¿De verdad queremos eso? ¿Estamos preparados para asumir esa carga? ¿Hasta qué punto será soportable, por mucho que se evolucione, conocer hasta el fondo el sufrimiento y el dolor ajenos? Y digo el sufrimiento y el dolor porque tengo la sensaciones de que cuando hablamos o pensamos o imaginamos determinadas capacidades solemos (creo) tener en cuenta sólo el lado amable y valorar más cuanto más “poderosos” seríamos que cuánto sufrimiento habríamos de saber y poder encajar.
No sé si es a eso o algo parecido a lo que te refieres con “lado mágico”; y pienso sí que es inquietante, y que tras ese miedo se esconde un “algo más”.
Creo también que sería maravilloso que todos llevásemos en mente esa frase que has escrito casi al final, “yo hago lo que debo con mi vida porque también es vuestra”; que cada ser humano la tuviésemos presente en todos nuestros instantes.

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Qué-vedos?
30 octubre, 2011

Bajan de lo alto del monte gentes que huyeron gritando enmudecidas ahora a la vista del espanto que asola el valle arrasado por llamaradas que llaman en las conciencias dormidas a aldabonazos escasos, despaciosos, espaciados, como dando tiempo al tiempo transcurrido desde cuando muerto el que lo precediera y aun no nacido el cercano corriera por entre brillos, destellos y otros chispazos, tan orlados de oropeles, tan nimbados de felices ya nunca más holocaustos, que orgullosos de su fama, de su estirpe, de su seña y de su santo que fuera emblema de glorias o de magníficos fastos, se deja batir ahora sin pudor y sin recato por los envites de adustos, desabridos, desalmados, desgarros de voces torvas que se elevan en la bruma de anubarrados estragos que se ensañan, y se enconan, se encubren y se avizoran por encima de las cumbres que ceñudas los exhortan a no cejar en la lucha, terne batalla jocosa, que ha de batir con astucia, con perspicacia o ingenio la retirada forzosa a las mazmorras del miedo el por qué no doblegarse, no ceder y no entregarse a quién sabe qué aventuras que ajenas a las razones, desasidas de la rala presunción de la cordura de mentes que las enjaulan, se nos ponen ahí enfrente y desplegando sus alas nos invitan a alzar vuelos y levantar las miradas por sobre lo que hay de sobra, en exceso y abundancia, de sentido siempre justo, medido y medio asfixiado por nociones de qué es lógico por comprensible y sensato, tan común y comúnmente asumido y aceptado que cercena sin saberlo ese saber desasirse de convenciones y dogmas que nos mantienen atados.