lunes, 14 de marzo de 2011

Texto 2.18

Publicado por El Aventurero el mar 14, 2011 en Segundo mensaje. La naturaleza posible

2.18 “Cada acción debiera estar anunciando una realidad superior; es como si los cuatro ángeles que inventan el tiempo descorrieran los velos para que llegue la música de las esferas y el hombre vislumbre otro espacio de su propia realidad; se puede salir del aburrimiento y la melancolía”.


Afrodita
15 marzo, 2011

De este texto parece desprenderse que el tiempo es un invento; el invento de esos “cuatro ángeles” que no sé interpretar, ni alcanzo a adivinar a qué está haciendo el autor referencia cuando los nombra, pero intuyendo que tienen un significado algo más que poético me resigno a que mi comprensión del párrafo quede un tanto recortada.
Siempre me ha parecido fascinante qué es el tiempo; esa “cosa”, a veces tan amable y tan amarga otras, que sirve para ubicar en el sentir emociones (gratas o ingratas), y deseos, y proyectos, e ilusiones, y presagios y temores.
Me gustaría jugar a creerme que sólo existe como herramienta para resolver fórmulas de la física — aunque en eso no voy a entrar porque más allá de que espacio es igual a velocidad por tiempo ya sí que me pierdo del todo — y para alcanzar el conocimiento; el conocimiento absoluto de que habla Enrique, y del que entiendo como algo que trasciende la mera acumulación de saberes que puedan adquirirse por medio del estudio; aunque no dejando de reconocer, creo, que una mente habituada al estudio ha de estar más adiestrada, o educada, o capacitada para, después de hacer abstracción de lo que son nada más datos, quedarse con la esencia del conocer.
Ocurre, sin embargo, que no siempre lo uno es garantía de lo otro, ni corre forzosamente parejo con ello. Personas con formación muy extensa y amplios conocimientos científicos se encuentran a veces no menos perdidas ni perplejas ante su propia existencia y la de todo cuanto las rodea que el más ignorante de los mortales.
Quiero decir con esto que aun a sabiendas de que el tiempo es una invención quien más y quien menos está condicionado por lo que a pesar de todas las teorías se percibe, y se vive, como sensación.
Sin esa sensación, si ese concepto engañoso de “tiempo” se pudiera arrancar de lo que nos duele (o nos hace cosquillas, que me da igual) como “realidad”, desaparecerían también esos “hacia atrás” y “hacia adelante” que le adjudicamos aunque no sean ciertos. Desaparecerían entonces de nuestro sentir el pasado con todos sus recuerdos y el futuro con todos sus proyectos; se eliminaría el peso de las adversidades recordadas y también la inquietud frente a la sospecha de que los proyectos no vayan a verse realizados.
¿Pero qué haríamos entonces los humanos con nuestras vidas?
¿No son — el lastre de lo que sabemos de nuestra historia y nuestro deseo de que lo que aun no sabemos de ella sea distinto y nuevo — los que dan sentido a la aventura?
Por eso, aunque me gustaría jugar a creerme que el tiempo es un invento, me doy largas, y dejo ese jugar para otro día, el día en que alcanzado ese “conocimiento absoluto” la herramienta resulte innecesaria.
Pero mientras llegan ese día y ese conocimiento necesito mi tiempo; aunque me engañe y me quede con las ganas de decirle “fastídiate, que yo seré y tú no serás nada”.

***
Afrodita
24 marzo, 2011

Redoblaban los tambores, repicaban las campanas, galopaban enjaezados los corceles de la fama y clamaban en las torres, en los campos y en los mares, las voces de los augures anunciando que en lo alto, de las frentes, de las miradas festivas de los que las percibían, se agitaban los albores de apenas soñadas dichas celebrando que las nuevas, buenas nuevas mal heridas, no habrían de morir sin antes descabalgar de sus sillas y, pie a tierra, mano al cinto, enfrentarse a los temores que fieros se debatían por no perder lo ganado, ni antiguas prerrogativas, ni bajar de pedestales en los que resplandecía el fulgor de tanto fuego de artificio y de mentira como los había encumbrado a las simas en que habita lo más oscuro del alma, lo más necio de la ira, lo más rojo de la sangre que en las mejillas palpita; y allí dejarlos tirados, humillados y vencidos, a merced de sus quebrantos y sus ponzoñosas filfas para después proclamarse, ellas solas aun con vida, las únicas que merecen ser honradas y que digan los cantos de los que trovan y las cuerdas de sus liras, que fueron las buenas nuevas portadoras de noticias anunciando que habían muerto los tiempos en que cundían por el mundo los desastres y por sus gentes la fría sensación de que ya nunca habría contento ni risas.

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Afrodita
29 marzo, 2011

Sí, Bhakta, las frases de Aurobindo están ahí, y son frases compuestas a base de palabras normales, y corrientes, y escritas (bueno, claro, traducidas, imagino) en español meridiano y perfectamente comprensible; son, por tanto, frases que no pueden inducir a ningún tipo de equívoco… Qué obviedades estoy soltando, ¿no?
Pues pese a la obviedad se les pueden dar diferentes interpretaciones tan sólo por el hecho de que cada persona que las lee está teniendo su propia idea de, por ejemplo, qué es sufrimiento, y de qué es felicidad.
Creo que no son conceptos unificados en todos los humanos; lo que para unos puede ser sufrimiento puede para otros no ser para tanto, o quedar desplazado a un segundo o tercer plano por otro sufrimiento que para uno sea, ese sí, verdaderamente intolerable mientras que a otro puede representársele como exagerado e incluso como absurdo.
Y eso por no entrar en si se está haciendo referencia a sufrimiento material o espiritual, donde la cuestión se vuelve más huidiza.
Me voy a quedar con las últimas palabras de la última frase: el alma purificada de egoísmo…
Ese ha sido mi caballo de batalla desde que tengo memoria, y lo seguirá siendo mientras viva; es también la mayor fuente de sufrimiento que he conocido y no tiene, además, ninguna posibilidad de solución, o de solución al menos que pueda yo jamás encontrar.
¿Debería alegrarme por ello?
No, no es que quiera ponerme sarcástica; y esta pregunta la he hecho en broma.
Y ahora sigo ya en serio.
Tiene mucha tela eso de “el alma purificada de egoísmo”.
Es mi piedrecita en el zapato y la piedra que sospecho, sin poderlo evitar, en todos mis congéneres y en sus comportamientos.
Pero no es porque suponga maldad, o falsía, en las personas o en sus comportamientos; es porque no es abordable para el ser humano la tarea de limpiar su alma de egoísmo.
Tengo para mí acuñado un término, que existirá, otras personas también lo tendrán, pero yo no lo he copiado de nadie y lo llamo “la calidad de los actos humanos”.
Y sólo me estoy refiriendo a actos que de manera universalmente consensuada puedan ser calificados de buenos.
Siempre me ha producido bastante perplejidad qué contienen en su más íntima puridad los buenos actos. Y puede parecer absurdo; lo bueno es bueno, y punto; y el bien nada más puede serlo si es absoluto.
Pero, y ahí es donde encuentro la trampa a la que nadie podemos sustraernos, ¿qué se persigue con el afán, muy encomiable, de hacer el bien o de actuar con rectitud?
(Continúa)

Afrodita
29 marzo, 2011

(Continuación)
Me temo que, nos pongamos como nos pongamos y revistamos nuestros actos de todos los argumentos favorables de que podamos echar mano, en definitiva lo que buscamos es la propia satisfacción, o la propia justificación, o la propia alabanza, o la aquiescencia (aunque sea en el más absoluto secreto) de ese algo superior, Dios, o como haya que llamarlo.
Con ese criterio me encuentro, obligatoriamente — y ese es gran problema que no creo que pueda nadie resolver jamás —, con que la aceptación del sufrimiento o de la infelicidad ya está invalidando, por el sólo hecho de aceptar, la posibilidad de limpieza.
Y sin embargo se sigue actuando, no queda otro remedio; claro.
Y se sigue tratando de hacer lo mejor posible, como es natural, en todos los órdenes de la vida y, en especial, en aquellos en los que uno se siente más o mejor capacitado para llevarlo adelante con éxito.
El éxito; que es otra piedrecita en el zapato.
Me voy a centrar en cualquier expresión del arte; pintar, componer música, cantar, bailar…
Lo elijo así para evitar meterme en enjuiciamientos morales, siempre más delicados y que pueden por mucho cuidado que se quiera poner herir susceptibilidades.
Un cuadro puede ser magnífico, o una pieza musical, o una persona puede cantar o bailar muy bien; el que lo ve o lo escucha apreciará la calidad de lo mostrado, pero no es posible percibir ni sospechar qué movió al artista a buscar la perfección de su obra, ni si estaba pretendiendo tan sólo la perfección formal, o estética, que de acuerdo con los cánones y las normas establecidas vaya a obtener la aprobación o el aplauso que le reportarán prestigio o fama.
¿Puede valorarse igual que si hace lo mismo simplemente porque sí; sin esperar nada; sin ni siquiera mostrar jamás quizá qué hizo?
No pretendo afirmar que nadie haría nada (refiriéndome siempre a lo bueno, insisto) si los otros no fueran o no fuésemos a enterarnos; pero sí estoy segura que muchas cosas que se hacen se quedarían sin hacer si no fueran a ser apreciadas.
Bueno, pues la búsqueda de ese reconocimiento es, que es por lo que estoy utilizando tantas palabras de más, lo que le fastidia al alma el invento y lo que la priva de verse purificada de egoísmo.
Y encima, lo más chungo de todo, es que nadie puede decir “la mía sí”; porque en cuanto lo dijera se estaría pillando los dedos, así que…
En fin, que a ver quién ata esa mosca por el rabo.

Afrodita
29 marzo, 2011

Donde escribí sufrimiento material debí poner sufrimiento físico. Y también he visto que faltan algunos acentos. Pido perdón.