martes, 22 de febrero de 2011

Cuento imposible

Dice nuestro rabino que los cautivos no eran estudiantes ni mercaderes, tampoco de la tribu de Judá, por eso escribían sus tradiciones en las conchas de los caracoles y guardaban los secretos de sus adversarios entre las hojas rojizas que arrastraba el viento cuando, en los días especialmente calurosos, hinchaba los mofletes y soplaba en los oídos de las vírgenes las respuestas formuladas por las viejas concreciones que lacónicas pero nada imprecisas representaban la imagen accidental aunque diáfana de algún lugar remoto que no era el que ocupaban los vestigios que dejasen, ya fuese de buen grado o por la imposibilidad de seguir arrastrándolos, las certezas abatidas, que no aun por entero derrotadas, por la inquietud que se cernía sobre sus temperamentos siempre altivos que, ahora, amenazaban con dulcificarse y ceder un terreno conquistado a fuerza de sensatez y de templanza al frío, sereno y despacioso avanzar de todo un ejército de incertidumbres.
Dice también que no eran humildes ni engreídos o pertenecientes a ninguna de las sectas de las que se tuviera noticia de prácticas más extravagantes que la ya conocida manía de vivir en la creencia de que algún día tendrían que desprenderse de sus hábitos inocuos y sencillos para incorporar los usos bárbaros de los lugareños; pero que cuando lo hicieran sería sin olvidar determinadas obligaciones que asumieron en el momento de partir no por la mitad sino en un número siempre impar de porciones desiguales el andamiaje sobre el que hubiera de asentarse el ciclo lunar que precediese al nacimiento del tercer hijo varón de la más joven de las segundas oportunidades que se dan, según dicen los cuentos pero no nuestro rabino, algunas veces en algunas vidas.

Mandala (49)