viernes, 14 de octubre de 2011

Texto 3.7


Publicado por El Aventurero el oct 14, 2011 en Prólogo a la carta número tres. Rastros de nuevos tiempos

3.7 “Si alguien puede conectar los ojos de un pájaro a su propio cerebro, ¿qué más cosas puede hacer?, ¿dónde están las limitaciones?; todo el mundo ha experimentado alguna vez sensaciones y experiencias desde los sentidos de otra persona, y a veces con más veracidad y realismo que desde el análisis críptico de lo que le rodea”.



Afrodita
15 octubre, 2011

Hay palabras que tienen un significado que no entraña complicación ninguna, que todos los que hablan un mismo idioma van a entender de la misma manera. La palabra evolucionar no es de esas, no es como decir “caminar” o “dibujar” o “sonreír”. Decir “evolucionar” es decir algo que puede ser o resultar muy claro en la mente de quién lo esté pronunciando, pero imposible de definir de modo que cada uno que nos escuchase pudiera no ya compartirlo sino tan nada más entenderlo.
Lo que cada persona entendemos por evolución está, creo, de forma bastante inevitable impregnado de qué queremos, o de a qué aspiramos, o de cuál sea el baremo de prioridades o de calidades o de cualidades que apliquemos —sea de forma espontanea o aprendida o inculcada, que a saber dónde andan las líneas divisorias ni “quién” o cómo las colocó ni con qué criterio — a nuestros actos y a la voluntad que los mueve.
Otra palabra chunga de encarar es “actos”, porque hay formas de actuar que se pueden llevar a cabo sin mover ni una pestaña y surtir su efecto que, cosa curiosa, no siempre corre paralelo con la apariencia de bueno, o de malo, o de inocuo del acto en cuestión… Pero bueno, no me voy a meter con los actos.
Vamos, quiero decir, centrándome en la evolución, que si alguien me exigiera “ya me estás describiendo ahora mismo qué es evolucionar o te corto el cuello” terminaría decapitada; y no porque no tenga ni idea de qué es, sino porque la idea que tengo es la mía y la que se adecúa a qué yo entiendo por el “logro de la perfección”.
Es algo que no existen palabras para poderlo trasmitir de una persona a otra. Y cuando intentamos sintonizar, entrar en la onda de qué ese otro que se expresa quiere significar, siempre se producen desajustes; y réplicas y contrarréplicas que jamás van a ensamblar porque la idea de cada cual está muy enraizada en lo más profundo de su ser, allí donde desde la razón o el discernimiento no se puede llegar.
Sí se podrá llegar desde alguno de esos otros planos de consciencia a los que se accede mediante un “trabajo”; pero qué entendemos cada cual como “trabajo” es meterse en un nuevo jardín, muy frondoso y muy intrincado, ya que cada uno lo va a entender a su manera y lo va, una vez más, a adecuar a sus objetivos o a sus metas.
Las personas no solemos plantearnos, creo, que nuestras auténticas metas podamos estar desconociéndolas porque, quién sabe, si no estarán alojadas justo en aquello más profundo del ser donde ni la razón ni el discernimiento pueden llegar.
Será en tal caso necesario que se abran, de alguna forma, los caminos que puedan irnos encarrilando hacia ese centro del “yo” donde se encuentra nuestra realidad auténtica y última, la que buscamos antes incluso de nacer aun sin saberlo; pero, entre tanto, siempre estaremos sujetos a, de alguna forma (y es una manera ya lo sé un tanto tosca o escueta de expresarlo), nuestras vanidades, o nuestras ambiciones, o la inmediatez de qué está estipulado —en este mundo nuestro donde el no tener los pies bien asentados sobre el duro suelo, y que se vea, es correr muy serio riesgo de ser un memo — y admitido como meta, o como objetivo, o como logro.
Y siempre estamos en una especie de pescadilla que se muerde la cola porque siempre estaremos condicionados por nuestros criterios, y nuestros criterios estarán condicionados por nuestro grado de evolución, y… ¿nuestro grado de evolución estará condicionando nuestra capacidad de seguir evolucionando y condicionado a esa capacidad?
Ahí, mira tú, me pierdo. Me asalta la duda de si la capacidad se amplía, si es de algún modo “elástica” o es la que es, para cada cual la suya y única, y si lo que corresponde hacer es nada más (y nada menos) que, sencillamente, desarrollarla, desplegarla o algo así, como si estuviese ahí ya pero como hecha un ovillo, dentro, en ese lugar del “yo” al que no se llega ni por el discernimiento ni por la razón.

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Afrodita
17 octubre, 2011

Interesante reflexión, Aventurero.
Estoy convencida de que en efecto “vivimos en nuestra piel las emociones y experiencias de otros”, de que las personas somos, todas, una especie de acumuladores que nos vamos cargando de la energía que se desprende de todas las demás personas; todos vamos constantemente absorbiendo esas energías y desprendiendo al mismo tiempo las nuestras; las nuestras que cuando salen de nosotros ya lo hacen modificadas por la interacción de las que hemos recibido.
Y no lo digo en ningún sentido abstracto. Me refiero a ello como sensación perfectamente física y tan perceptible y evaluable como puedan serlo el frío o el calor.
Y esas sensaciones o percepciones se tienen, en mayor o menor medida y dependiendo de la sensibilidad de cada cual; que unos podemos tener una sensibilidad muy despierta o muy dispuesta para unas cosas más que para otras, claro; y en función de esa sensibilidad el mundo que nos rodea y todas sus circunstancias nos afectarán más o menos, y nos zarandearán en unas o en otras direcciones o hasta en varias a la vez de modo que, al cabo de un día, cuando regresamos a casa y nos quedamos a solas y nos quitamos los zapatos nos sentimos del todo hechos polvo y, no siempre, por cansancio puramente corporal o, ni siquiera, intelectual ni porque nos haya sucedido nada distinto y sí simplemente porque nos hemos ido impregnando,saturando de los sentimientos y del estar de otros que pueden no haberlo manifestado.
Muchas veces las personas ansiamos —creo que me voy de una cosa a otra, pero en todo caso tomando como punto de apoyo el comentario del Aventurero —, o fantaseamos, jugamos con la idea de que nos adornen unas capacidades que nos faculten para ser… no encuentro las palabras, para “percibir al otro en toda su realidad” o algo así. Es algo que imaginamos deseable, algo que nos proporcionaría una especie de ventaja, que nos pondría como que por encima de nuestros congéneres. Pero… ¿podríamos soportarlo?
¿Podríamos las personas soportar el peso que ha de suponer el “saber” a los otros?
En todo nuestro cuerpo están impresas todas nuestras verdades.
Una arruga pequeñita, una inflexión de la voz, la forma de sujetar un vaso están cacareando y largando a los cuatro vientos nuestro pasado y nuestro presente y nuestro futuro y nuestras inquietudes y nuestras intenciones y nuestros miedos e, incluso, nuestras dolencias y qué males nos acechan. Sólo hay que saber “leerlo” y, cuando se sabe, el interpretarlo es tan sencillo e inequívoco como lo pueda ser PROHIBIDO FUMAR o CUIDADO CON EL ESCALÓN en un letrero.
¿De verdad queremos eso? ¿Estamos preparados para asumir esa carga? ¿Hasta qué punto será soportable, por mucho que se evolucione, conocer hasta el fondo el sufrimiento y el dolor ajenos? Y digo el sufrimiento y el dolor porque tengo la sensaciones de que cuando hablamos o pensamos o imaginamos determinadas capacidades solemos (creo) tener en cuenta sólo el lado amable y valorar más cuanto más “poderosos” seríamos que cuánto sufrimiento habríamos de saber y poder encajar.
No sé si es a eso o algo parecido a lo que te refieres con “lado mágico”; y pienso sí que es inquietante, y que tras ese miedo se esconde un “algo más”.
Creo también que sería maravilloso que todos llevásemos en mente esa frase que has escrito casi al final, “yo hago lo que debo con mi vida porque también es vuestra”; que cada ser humano la tuviésemos presente en todos nuestros instantes.

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Qué-vedos?
30 octubre, 2011

Bajan de lo alto del monte gentes que huyeron gritando enmudecidas ahora a la vista del espanto que asola el valle arrasado por llamaradas que llaman en las conciencias dormidas a aldabonazos escasos, despaciosos, espaciados, como dando tiempo al tiempo transcurrido desde cuando muerto el que lo precediera y aun no nacido el cercano corriera por entre brillos, destellos y otros chispazos, tan orlados de oropeles, tan nimbados de felices ya nunca más holocaustos, que orgullosos de su fama, de su estirpe, de su seña y de su santo que fuera emblema de glorias o de magníficos fastos, se deja batir ahora sin pudor y sin recato por los envites de adustos, desabridos, desalmados, desgarros de voces torvas que se elevan en la bruma de anubarrados estragos que se ensañan, y se enconan, se encubren y se avizoran por encima de las cumbres que ceñudas los exhortan a no cejar en la lucha, terne batalla jocosa, que ha de batir con astucia, con perspicacia o ingenio la retirada forzosa a las mazmorras del miedo el por qué no doblegarse, no ceder y no entregarse a quién sabe qué aventuras que ajenas a las razones, desasidas de la rala presunción de la cordura de mentes que las enjaulan, se nos ponen ahí enfrente y desplegando sus alas nos invitan a alzar vuelos y levantar las miradas por sobre lo que hay de sobra, en exceso y abundancia, de sentido siempre justo, medido y medio asfixiado por nociones de qué es lógico por comprensible y sensato, tan común y comúnmente asumido y aceptado que cercena sin saberlo ese saber desasirse de convenciones y dogmas que nos mantienen atados.

viernes, 1 de julio de 2011

Texto 3.2

Publicado por El Aventurero el jul 1, 2011 en Prólogo a la carta número tres. Rastros de nuevos tiempos

3.2 “Las cuevas rupestres muestran vestigios de obras, no solo históricas y antropológicas sino con verdadera factura artística. Pocos dudan hoy, excepto los muy interesados en mantenerlo, que no fueron cobijos o viviendas de elementales cazadores sino verdaderos santuarios. Parece, por la condición de tabú que aquellos pueblos atribuían a la piedra, que las viviendas eran construidas a base de madera en forma de palafitos; esos pueblos pasaron de ser recolectores y cazadores trashumantes a agricultores y ganaderos, dando lugar a aposentamientos estables. La selección genética para lograr el animal doméstico requiere un minucioso y complicado proceso y sobre todo la transformación de frutos silvestres en cosechables es aun hoy un verdadero misterio sobre el que se fabulan todo tipo de especulaciones”.

Afrodita

3 julio, 2011


No sé si le pasa a más personas o sólo a mí; pero siempre me he imaginado a aquellos que llamamos “hombres primitivos” como personas rudas y hoscas que no sabían ni reír ni llorar, obsesionados con la supervivencia, atareados todo el día en con qué llenar la barriga e incapacitados para sentir interés ni emoción por nada que no fuese la inmediatez.

Y sin embargo también tengo muchas veces la sensación de que los envidio al pensarlos tan libres. Claro que la vida sería muy dura y ellos correrían muchos peligros; aunque a lo mejor no tantos porque tal vez las fieras — creo que tengo un sentido un poco fílmico de la antigüedad — no anduviesen todo el rato buscándolos para comérselos…

Lo que no se me ocurre, no se compone de forma espontánea en mi cabeza, es que pudieran ser un peligro entre sí, los unos para los otros; y seguramente sí lo serían, como ocurre con los que somos ahora.

Pero, bueno, volviendo al texto del autor y al sentido del arte de aquellas gentes. Hoy, entre nosotros los modernos, el arte es una cosa cara, costosa; hay que tener una cierta sensibilidad para poder apreciar cualquier manifestación del arte; parece también — o me lo parece a mí — que la creación artística no merece la pena del esfuerzo de realizarla si no va a ser valorada por los que son “como nosotros”, que la elogiarán y (si tienen dinero) la comprarán y la colocarán en el salón de su casa… para que la vean las visitas y se enteren no sólo que es uno persona de buen gusto (o malísimo, que hay obras de arte que ponen los pelos de punta) sino también pudiente.

En ese aspecto es en el que digo que ellos eran libres porque… ¿Qué los impulsaba a ser artistas? Y, encima, no siquiera firmaban sus obras, como sin afán ninguno de pasar a la posteridad.

¿Qué los motivaba?

¿Dónde estaba el crítico, o el experto, el entendido que sabía hacer una criba y “tú pintas bien pero tú, en cambio, lo haces muy mal; así que dedícate a otra cosa”?

¿O es que el que tenía ganas de pintar o le gustaba hacerlo se ponía, sencillamente, y el que no sentía esa inclinación no se ponía?

Y, así las cosas, el que no se interesaba por la pintura la dejaba sencillamente estar porque, total, qué importaba que estuviera pintarrajeado algo que no era una pared de una casa a la que fueran a acudir y a criticar las cuñadas “porque hay que ver esta zángana…”; y al que sí le interesaba, “pues mira qué bonito está”. Aunque seguro que también desaparecieron muchas cosas porque “no, no me ha quedado bien”.

Todo ello con independencia (que ahí no me meto) de que con sus pinturas y dibujos estuvieran enviando ruegos o peticiones a sus dioses.

(Sigue)
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Afrodita

3 julio, 2011

(Sigo)

Lo que quiero decir, lo que me pregunto es qué es el arte en realidad.

Por eso me creo yo que ellos eran más libres que nosotros; que no sufrían la “presión social” ni estaban supeditados a los convencionalismos, o no a ciertos convencionalismos, por lo menos…

No sé, pero muchas veces, cuando veo fachadas llenas de grafitis y las personas civilizadas se indignan, y cuando los servicios de limpieza de los ayuntamientos acuden a borrarlos y dejarlo todo limpito porque “esas gamberradas” afean las ciudades, me pregunto si no se estarán destruyendo (aunque no siempre, claro) algunas obras de verdadero arte ejecutadas por gentes a quienes lo único que mueve su sentido del arte, en sí mismo, sin atender a ningún sentimiento práctico, ni a ningún sentido de propiedad ni de titularidad ni de fama.

Vamos, que si aquellas gentes hubieran vivido en una sociedad tan estructurada como la nuestra, con criterios tan concretos como los que nuestro mundo civilizado da por buenos, lo mismo no quedaba ni rastro de “estas mamarrachadas, que mira cómo me ha dejado las paredes esta panda cretinos”.

Y sin embargo esas obras llevan ahí, cuánto… ¿vente mil o treinta mil años?

Esto me lleva a conjeturar que cualquier creación que por las razones que sea se salva de los rigores de los juicios de sus coetáneos es, ella sola, la creación en sí misma y el espíritu aprehendido en ella de quien la creo, la que se juzga a sí misma (en sentido figurado, claro) y decide si prevalece o no como obra de arte.

Ahora no sabemos actuar, manifestarnos con ese desasimiento ni con esa limpieza. Por eso pienso que aquellas gentes eran más libres.

Cuando estoy a punto de hacer clic en “editar” se me pasa por la cabeza que tal vez el verdadero arte es sólo, y siempre, una forma de rezar.

O puede que lo esté diciendo nada más por redondear; es muy difícil saber si se es sincero en cualquier cosa que se haga o se diga.

Me he pasado en un montón de caracteres.
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Afrodita

10 julio, 2011

Unos que aportáis conocimientos, otros que opináis, algunos que compagináis una cosa con la otra, la verdad es que está la cosa muy interesante; tanto que se me apelotonan sensaciones, o pensamientos enraizados en todo ello, que acabo por no saber distinguir si término por discurrir mejor o peor. Pero, a fin de cuentas es discurrir; y eso llevará a laguna parte… ¿O tal vez no?

Esta vez, Luz, te he leído con verdadero gusto; te has expresado con bastante más claridad y algo más de aplomo que en otras ocasiones. Digo sólo “algo más” porque no es que termines las frases ni lleves un orden pero, bueno, entendiendo que tantas cosas como tienes en la cabeza no caben en el espacio de tiempo que lleva el teclear a la velocidad vertiginosa que al parecer llevas, se puede soportar.

En todo lo que escribes hay mucho de subjetividad, de tu juicio personal, pero qué aburrimiento sería el mundo, y los habitantes todos idénticos, sin juicios ni criterios personales…

No me disgusta, por otra parte, porque a mi Darwin y aunque sin poder argumentar en condiciones el porqué nunca me ha resultado simpático.

Deduzco, de lo que escribes, que al difundirse sus teorías incidieron negativamente en la sociedad, en la humanidad, y arraigaron y tuvieron su efecto sobre la economía, la política, tal vez también sobre la filosofía; de modo que fue bastante responsable de que el mundo que tenemos ahora mismo sea bastante cruel.

Siempre he pensado que para que se produzca una situación, la que sea, no es ineludiblemente necesario que la motive un gran acontecimiento o algo terriblemente espectacular o convulsivo; basta tal vez dar un paso, sólo un primer paso por un camino equivocado para que ese camino — que estaba arrancando en su primer instante del mismo punto que otros infinitos caminos que no se tomaron — nos lleve a grandes y quién sabe si no irreparables errores y disparates.

Tal vez no fue Darwin el primero, aunque sí el primero en sostener su teoría, pero no el primer ser humano que dio un primer paso poco afortunado; y así, un desvío de la verdad (o de la bondad) aquí, y otro desvío — ya por el camino desviado —un poquito más allá, han ido enmarañando el discurrir de todo lo vivo y alejando, a todo, de su para qué original que, me parece a mí, va a resultar muy difícil que se encauce.

Bueno, nada más es una reflexión, pero que me lleva a considerar si cada acto, por insignificante o inocuo que sea, de cada uno de los que vivimos, no estará dejando una huella (buena o mala) mucho más indeleble sobre todo cuanto nos rodea de lo que alcanzamos a imaginar.

Y, otra cosa, Luz ¿Te acuerdas de que me regañaste por leer libros de divulgación?

En tus comentarios tú has escrito cosas que sabes y que yo ignoraba. Todo el que escribe algo para otros que saben menos (o apenas nada) del tema que él domina está haciendo divulgación. Y gracias a la divulgación — sin dejar de ser verdad que no se llegará a ser un entendido, pero nadie es un entendido en todo —se resquebrajan las barreras de la ignorancia; e incluso aunque en ocasiones la divulgación pueda contener inexactitudes o aún errores abre, de algún modo, la puerta a interesarse por temas en los que tal vez jamás se pensó. Y eso nunca será malo.

Y, cambiando de asunto, no entiendo por qué tenemos los humanos esa manía de considerarnos, tan listos como somos con nuestros coches y nuestras tecnologías y nuestros emespetrés y otros ingenios— que hasta con la comida, escuché a un cocinero muy prestigioso que preparaba pollo al curry cuya “novedosidad” consistía en que lo que parecía curry era pollo y lo que parecía pollo era curry — , los primeros “seres inteligentes” habitando el planeta; y de llamar a todos los que estuvieron antes “primitivos”. A ver si vamos a estar siendo una especie de involución zarrapastrosa de algo que fue mucho mejor…

A mi me parece Ex-colástico que no es que abandonaron las cavernas si no que no llegaron a habitar en ellas. Y que siempre fueron lugares de culto. Igual que después las catedrales.

***
Afrodita
13 julio, 2011

En el centro de esta discusión, que por otra parte es interesante y mucho, los profanos en la materia asistimos a las respectivas argumentaciones como quien acude a un partido de tenis, viendo un lado y viendo el otro pero sin un criterio (yo por lo menos) al respecto.

Desde mi ignorancia y ateniéndome a la letra, si no he leído mal, no me parece que Luz afirme que el SIDA no exista sino que el VIH no lo causa.

De todos modos siempre y en todos los terrenos del saber ha habido desencuentros y posiciones enfrentadas entre sus diferentes… no me sale la palabra, entendidos, expertos, algo así. Médicos que sostienen una teoría y médicos, igualmente documentados y respetables, que sostienen la contraria. Y economistas (no sé si son los keynesianos los que dicen que lo bueno es gastar y otros grupos aseguran que lo que funciona es ahorrar; o lo mismo es al revés). E Historiadores, que si te cuenta las cosas uno o te las cuenta otro resulta que no te están contando lo mismo. Y filósofos… pero si hasta filósofos de tanto postín como Heráclito y Demócrito uno decía “nada es, todo cambia” y el otro que “todo es, nada cambia”.

O sea, que es muy posible que Nuba y Luz no podáis poneros de acuerdo; y ambas estáis documentadas y tenéis vuestras razones para mantener vuestras posturas respectivas.

El ciudadano de la calle, la gente corriente, no alcanzamos la mayoría a tener muy clara cuál es la relación o falta de ella entre el VIH y el SIDA; pero la idea extendida es que se trata de una enfermedad de trasmisión sexual, que se da entre homosexuales (y entre heterosexuales promiscuos, de esos que dicen que hay que gozar de la vida, y que “mi cuerpo es mío” y ese tipo de cosas) y personas que consumen drogas.

Así que, a las cortas luces de esta ignorante que soy, no contraer el SIDA tiene una solución facilísima: Ser comedido con los “placeres de la carne” o, para expresarlo en términos más llanos que me resultan más de mi estilo, no hacer guarrerías.

Oye, Loli:

¡Tienes razón!

Después de tanto que me gustó tu explicación de la circulación de la sangre, a la hora de escribir voy y pongo “circuito cerrado”, imaginándolo exactamente como lo vería un niño dibujado sobre un papel, o en una lámina de un libro de anatomía, sin tener para nada en cuenta el constante intercambio con el mundo exterior.

Siempre he pensado, y creo que soy sincera si digo que no es por justificar mi torpeza, que todo lo vivo está dando y recibiendo constantemente “a” y “de” toda la vida en la que todos estamos inmersos; pero es cierto también que a la hora de escribirlo lo expresé de una forma totalmente errónea.

Gracias por hacérmelo notar.

jueves, 26 de mayo de 2011

De ida y de vuelta

El dobladillo en tu falda y la curva de tus caderas son las cosas que recuerdo de cuando joven y esbelta te veía pasar de lejos caminito de la iglesia.

El dobladillo en tu falda y tu mirada de alerta a todas partes cuidando de que nada se escondiera por entre el canto de pájaros y en el cielo las estelas de naves de acero y alas volando lejos a tierras de gentes muy diferentes que vivían de otras maneras.

Tan distintas tan distantes tan perdidas y remotas e impensadas y tan raras y tan cálidas y verdes de llamas y cocoteros que te hacían pensar ingenua que había allí tan lejos algo que tú te estabas perdiendo anclada en tu tierra esta a la que llegarían días que otros conocer quisieran.

E imaginaron  que había en ella y en sus montañas  sus gentes y sus iglesias  el rasgar de sus guitarras y sus tardes en la arena un algo de la grandeza que soñaran para ellas aquellas gentes extrañas que cuando por fin la vieron se dijeron que no era para tanto ni valía un solo ápice la pena el venir desde tan lejos a vivir sin ilusiones y apenas con cuatro perras.

El dobladillo en tu falda y la curva de tus caderas son las cosas que recuerdo de la mañana funesta en que por conocer mundo y otras gentes y otras tierras me marché lejos de donde quedaba joven y esbelta quien  me quiso y yo la quise decir tú no tengas pena porque ha de llegar el día en que recuerdes tu espera como tan sólo un instante del que mereció la pena imaginar diferente más largo y de más grandeza de lo que en verdad sería cuando lo vieses de cerca.

Y te reirás de ti misma recordando tu torpeza cuando de joven pensaste que había historias que se quedan en el alma de por vida y que soportan la espera del que soñando despierto no acertó a volver ya nunca de aquellas lejanas tierras.

El dobladillo en tu falda y la curva de tus caderas es todo lo que recuerdo haber olvidado al verte cuando te miro de lejos caminando hacia la iglesia.

Petronila

lunes, 14 de marzo de 2011

Texto 2.18

Publicado por El Aventurero el mar 14, 2011 en Segundo mensaje. La naturaleza posible

2.18 “Cada acción debiera estar anunciando una realidad superior; es como si los cuatro ángeles que inventan el tiempo descorrieran los velos para que llegue la música de las esferas y el hombre vislumbre otro espacio de su propia realidad; se puede salir del aburrimiento y la melancolía”.


Afrodita
15 marzo, 2011

De este texto parece desprenderse que el tiempo es un invento; el invento de esos “cuatro ángeles” que no sé interpretar, ni alcanzo a adivinar a qué está haciendo el autor referencia cuando los nombra, pero intuyendo que tienen un significado algo más que poético me resigno a que mi comprensión del párrafo quede un tanto recortada.
Siempre me ha parecido fascinante qué es el tiempo; esa “cosa”, a veces tan amable y tan amarga otras, que sirve para ubicar en el sentir emociones (gratas o ingratas), y deseos, y proyectos, e ilusiones, y presagios y temores.
Me gustaría jugar a creerme que sólo existe como herramienta para resolver fórmulas de la física — aunque en eso no voy a entrar porque más allá de que espacio es igual a velocidad por tiempo ya sí que me pierdo del todo — y para alcanzar el conocimiento; el conocimiento absoluto de que habla Enrique, y del que entiendo como algo que trasciende la mera acumulación de saberes que puedan adquirirse por medio del estudio; aunque no dejando de reconocer, creo, que una mente habituada al estudio ha de estar más adiestrada, o educada, o capacitada para, después de hacer abstracción de lo que son nada más datos, quedarse con la esencia del conocer.
Ocurre, sin embargo, que no siempre lo uno es garantía de lo otro, ni corre forzosamente parejo con ello. Personas con formación muy extensa y amplios conocimientos científicos se encuentran a veces no menos perdidas ni perplejas ante su propia existencia y la de todo cuanto las rodea que el más ignorante de los mortales.
Quiero decir con esto que aun a sabiendas de que el tiempo es una invención quien más y quien menos está condicionado por lo que a pesar de todas las teorías se percibe, y se vive, como sensación.
Sin esa sensación, si ese concepto engañoso de “tiempo” se pudiera arrancar de lo que nos duele (o nos hace cosquillas, que me da igual) como “realidad”, desaparecerían también esos “hacia atrás” y “hacia adelante” que le adjudicamos aunque no sean ciertos. Desaparecerían entonces de nuestro sentir el pasado con todos sus recuerdos y el futuro con todos sus proyectos; se eliminaría el peso de las adversidades recordadas y también la inquietud frente a la sospecha de que los proyectos no vayan a verse realizados.
¿Pero qué haríamos entonces los humanos con nuestras vidas?
¿No son — el lastre de lo que sabemos de nuestra historia y nuestro deseo de que lo que aun no sabemos de ella sea distinto y nuevo — los que dan sentido a la aventura?
Por eso, aunque me gustaría jugar a creerme que el tiempo es un invento, me doy largas, y dejo ese jugar para otro día, el día en que alcanzado ese “conocimiento absoluto” la herramienta resulte innecesaria.
Pero mientras llegan ese día y ese conocimiento necesito mi tiempo; aunque me engañe y me quede con las ganas de decirle “fastídiate, que yo seré y tú no serás nada”.

***
Afrodita
24 marzo, 2011

Redoblaban los tambores, repicaban las campanas, galopaban enjaezados los corceles de la fama y clamaban en las torres, en los campos y en los mares, las voces de los augures anunciando que en lo alto, de las frentes, de las miradas festivas de los que las percibían, se agitaban los albores de apenas soñadas dichas celebrando que las nuevas, buenas nuevas mal heridas, no habrían de morir sin antes descabalgar de sus sillas y, pie a tierra, mano al cinto, enfrentarse a los temores que fieros se debatían por no perder lo ganado, ni antiguas prerrogativas, ni bajar de pedestales en los que resplandecía el fulgor de tanto fuego de artificio y de mentira como los había encumbrado a las simas en que habita lo más oscuro del alma, lo más necio de la ira, lo más rojo de la sangre que en las mejillas palpita; y allí dejarlos tirados, humillados y vencidos, a merced de sus quebrantos y sus ponzoñosas filfas para después proclamarse, ellas solas aun con vida, las únicas que merecen ser honradas y que digan los cantos de los que trovan y las cuerdas de sus liras, que fueron las buenas nuevas portadoras de noticias anunciando que habían muerto los tiempos en que cundían por el mundo los desastres y por sus gentes la fría sensación de que ya nunca habría contento ni risas.

***

Afrodita
29 marzo, 2011

Sí, Bhakta, las frases de Aurobindo están ahí, y son frases compuestas a base de palabras normales, y corrientes, y escritas (bueno, claro, traducidas, imagino) en español meridiano y perfectamente comprensible; son, por tanto, frases que no pueden inducir a ningún tipo de equívoco… Qué obviedades estoy soltando, ¿no?
Pues pese a la obviedad se les pueden dar diferentes interpretaciones tan sólo por el hecho de que cada persona que las lee está teniendo su propia idea de, por ejemplo, qué es sufrimiento, y de qué es felicidad.
Creo que no son conceptos unificados en todos los humanos; lo que para unos puede ser sufrimiento puede para otros no ser para tanto, o quedar desplazado a un segundo o tercer plano por otro sufrimiento que para uno sea, ese sí, verdaderamente intolerable mientras que a otro puede representársele como exagerado e incluso como absurdo.
Y eso por no entrar en si se está haciendo referencia a sufrimiento material o espiritual, donde la cuestión se vuelve más huidiza.
Me voy a quedar con las últimas palabras de la última frase: el alma purificada de egoísmo…
Ese ha sido mi caballo de batalla desde que tengo memoria, y lo seguirá siendo mientras viva; es también la mayor fuente de sufrimiento que he conocido y no tiene, además, ninguna posibilidad de solución, o de solución al menos que pueda yo jamás encontrar.
¿Debería alegrarme por ello?
No, no es que quiera ponerme sarcástica; y esta pregunta la he hecho en broma.
Y ahora sigo ya en serio.
Tiene mucha tela eso de “el alma purificada de egoísmo”.
Es mi piedrecita en el zapato y la piedra que sospecho, sin poderlo evitar, en todos mis congéneres y en sus comportamientos.
Pero no es porque suponga maldad, o falsía, en las personas o en sus comportamientos; es porque no es abordable para el ser humano la tarea de limpiar su alma de egoísmo.
Tengo para mí acuñado un término, que existirá, otras personas también lo tendrán, pero yo no lo he copiado de nadie y lo llamo “la calidad de los actos humanos”.
Y sólo me estoy refiriendo a actos que de manera universalmente consensuada puedan ser calificados de buenos.
Siempre me ha producido bastante perplejidad qué contienen en su más íntima puridad los buenos actos. Y puede parecer absurdo; lo bueno es bueno, y punto; y el bien nada más puede serlo si es absoluto.
Pero, y ahí es donde encuentro la trampa a la que nadie podemos sustraernos, ¿qué se persigue con el afán, muy encomiable, de hacer el bien o de actuar con rectitud?
(Continúa)

Afrodita
29 marzo, 2011

(Continuación)
Me temo que, nos pongamos como nos pongamos y revistamos nuestros actos de todos los argumentos favorables de que podamos echar mano, en definitiva lo que buscamos es la propia satisfacción, o la propia justificación, o la propia alabanza, o la aquiescencia (aunque sea en el más absoluto secreto) de ese algo superior, Dios, o como haya que llamarlo.
Con ese criterio me encuentro, obligatoriamente — y ese es gran problema que no creo que pueda nadie resolver jamás —, con que la aceptación del sufrimiento o de la infelicidad ya está invalidando, por el sólo hecho de aceptar, la posibilidad de limpieza.
Y sin embargo se sigue actuando, no queda otro remedio; claro.
Y se sigue tratando de hacer lo mejor posible, como es natural, en todos los órdenes de la vida y, en especial, en aquellos en los que uno se siente más o mejor capacitado para llevarlo adelante con éxito.
El éxito; que es otra piedrecita en el zapato.
Me voy a centrar en cualquier expresión del arte; pintar, componer música, cantar, bailar…
Lo elijo así para evitar meterme en enjuiciamientos morales, siempre más delicados y que pueden por mucho cuidado que se quiera poner herir susceptibilidades.
Un cuadro puede ser magnífico, o una pieza musical, o una persona puede cantar o bailar muy bien; el que lo ve o lo escucha apreciará la calidad de lo mostrado, pero no es posible percibir ni sospechar qué movió al artista a buscar la perfección de su obra, ni si estaba pretendiendo tan sólo la perfección formal, o estética, que de acuerdo con los cánones y las normas establecidas vaya a obtener la aprobación o el aplauso que le reportarán prestigio o fama.
¿Puede valorarse igual que si hace lo mismo simplemente porque sí; sin esperar nada; sin ni siquiera mostrar jamás quizá qué hizo?
No pretendo afirmar que nadie haría nada (refiriéndome siempre a lo bueno, insisto) si los otros no fueran o no fuésemos a enterarnos; pero sí estoy segura que muchas cosas que se hacen se quedarían sin hacer si no fueran a ser apreciadas.
Bueno, pues la búsqueda de ese reconocimiento es, que es por lo que estoy utilizando tantas palabras de más, lo que le fastidia al alma el invento y lo que la priva de verse purificada de egoísmo.
Y encima, lo más chungo de todo, es que nadie puede decir “la mía sí”; porque en cuanto lo dijera se estaría pillando los dedos, así que…
En fin, que a ver quién ata esa mosca por el rabo.

Afrodita
29 marzo, 2011

Donde escribí sufrimiento material debí poner sufrimiento físico. Y también he visto que faltan algunos acentos. Pido perdón.

martes, 22 de febrero de 2011

Cuento imposible

Dice nuestro rabino que los cautivos no eran estudiantes ni mercaderes, tampoco de la tribu de Judá, por eso escribían sus tradiciones en las conchas de los caracoles y guardaban los secretos de sus adversarios entre las hojas rojizas que arrastraba el viento cuando, en los días especialmente calurosos, hinchaba los mofletes y soplaba en los oídos de las vírgenes las respuestas formuladas por las viejas concreciones que lacónicas pero nada imprecisas representaban la imagen accidental aunque diáfana de algún lugar remoto que no era el que ocupaban los vestigios que dejasen, ya fuese de buen grado o por la imposibilidad de seguir arrastrándolos, las certezas abatidas, que no aun por entero derrotadas, por la inquietud que se cernía sobre sus temperamentos siempre altivos que, ahora, amenazaban con dulcificarse y ceder un terreno conquistado a fuerza de sensatez y de templanza al frío, sereno y despacioso avanzar de todo un ejército de incertidumbres.
Dice también que no eran humildes ni engreídos o pertenecientes a ninguna de las sectas de las que se tuviera noticia de prácticas más extravagantes que la ya conocida manía de vivir en la creencia de que algún día tendrían que desprenderse de sus hábitos inocuos y sencillos para incorporar los usos bárbaros de los lugareños; pero que cuando lo hicieran sería sin olvidar determinadas obligaciones que asumieron en el momento de partir no por la mitad sino en un número siempre impar de porciones desiguales el andamiaje sobre el que hubiera de asentarse el ciclo lunar que precediese al nacimiento del tercer hijo varón de la más joven de las segundas oportunidades que se dan, según dicen los cuentos pero no nuestro rabino, algunas veces en algunas vidas.

Mandala (49)

lunes, 17 de enero de 2011

Mote a "Los paquetes de filtros de cigarrillos"

Los paquetes de filtros de cigarrillos nunca se ponen en los escaparates de los establecimientos concertados de antemano con los distribuidores de sombreros porque las alas de estos últimos, aun teniendo fama de ser bastante más flexibles que aquellos sobre todo en el caso de los de paja, perdían la compostura totalmente, se ponían tensas y se mostraban enormemente irascibles llegando, en no pocas ocasiones de las que los medios de comunicación y tal vez por considerar el asunto de poco interés no dieron cuenta, incluso a agredirlos no de obra ― pues es sabido que la fuerza física, muscular de las ellas ha sido desde siempre muy inferior a la de los ellos ― pero sí de palabra.
Los filtros, por su parte, aun de mala gana pero no queriendo ser tildados de machistas maltratadores y por ende sancionados cuando no encarcelados, agachaban con extrema dificultad las orejas y ― sabedores de que ni su locuacidad ni su agudeza tenían nada que hacer frente a la incisiva verbosidad de las ellas ― tragaban y callaban.
Los fumadores, usuarios a veces incluso y para poner las cosas más difíciles de sombreros adornados con aquellas, trataban por todos los medios de simular estar ignorando unas desavenencias que, de haberles dado carta de naturaleza, hubiesen exigido decantarse por “esto” o por “lo otro” y tomar un partido que — ya lo había dejado bien claro en la última asamblea general de partidarios — no tenía ni la más remota intención de dejarse, ni bajo amenazas, ni bajo presiones, ni mediante sobornos, atrapar sin haber presentado batalla o enseñado por lo menos los dientes y sin que ello (quiso puntualizar pudoroso) debiera ser interpretado como avance o insinuación de que pensara enseñar algo más.
Las fumadoras, por el contrario y a cabeza descubierta, no trataban en absoluto ni por medio alguno de simular estar ignorando no ya sólo unas desavenencias que ni con toda la carta de naturaleza del mundo habrían sido suficientes ni capaces para forzarlas a decantarse por “tal” o por “cual” ni a tomar un partido que — ya lo había dejado bien claro en el último comunicado remitido por e-mail a las más altas instancias — estaría encantado y se sentiría enormemente agasajado si tan distinguidas damas lo prohijasen sino también, en su descaro, estar desconociendo que se tratase de un partido déspota e ineducado que se liaría a patadas y mordiscos tan pronto ellas hicieran el más mínimo amago de pretender, ni aun de broma, echarle el guante.
Así las cosas y considerando que corrían malos tiempos aquejados, en su mayoría, de cojeras lo bastante evidentes para hacer suponer a los incautos que no iban a llegar muy lejos — pero que contra todo pronóstico no les impedían ganar terreno ya fuera a saltos ya a zancadas no poco grotescas — decidieron, no los incautos sino los legisladores en connivencia con las autoridades que por más que se desgañitaron tratando de explicar a una ciudadanía impertérrita (primero por activa y luego por pasiva y por último y a la desesperada en la lengua que desde hacía siglos venía siendo la oficial) que eran del todo incompetentes no lograron convencerla, cortar por lo sano y sin piedad las alas no sólo de los fumadores y de las fumadoras (tanto si eran flexibles o por extensión dóciles como si eran rígidas y por ende intransigentes o contumaces u obstinadas) y de sus respectivos sombreros sino, y en prevención de evitar nuevos disturbios, las de los filtros y las de las desavenencias y las de las intenciones y las de las amenazas y las de los amagos y las de los usuarios y las de todo, en conclusión, cuanto se estuviera interponiendo u obstaculizando el correr de unos tiempos que serían malos, sí, “pero tenemos — declaró ante micrófonos y cámaras una de las ministras — que protegerlos y no discriminarlos porque, joder, son los nuestros”.

P.D. Esta entrada puede, siempre a gusto del lector, ser como indica su título (con enlace, a tal efecto) inscrita bajo el epígrafe de “el porqué de las cosas” o, también a gusto de la lectora, bajo el de “orden ministerial” — con enlace, asimismo, no esta vez en el título sino en la propia orden — como indica su etiqueta.

Nota: Para ver el significado de “mote” véase entrada de este mismo blog de fecha 29 de diciembre de 2010 titulada “Mote para lamentos”.


Marquito z49

miércoles, 5 de enero de 2011

Miércoles

Cuando los miércoles dejaron de perseguir a los mares hubo un gran desconcierto y  corrió a grandes zancadas verdinegras el rumor — perverso, pero muy sonriente tras sus gafas con montura de crines adornadas de jaeces lo bastante festivos para que nadie se pusiera en lo peor—,  insignificante todavía o muy lejano, de que se estaba tratando tan sólo de una errata que lo venía aquejando desde que meses atrás notase, como por azar y aun incipiente, un pequeño lobanillo en las cuatro y cinco que, si no las afeaba de momento, prometía sí  — sin decidirse a jurar no obstante o por prudencia — llegar (puede que con retraso pero no tanto como para dejarlo en tierra, ahí, con todo su equipaje)  a, pasado un tiempo  que si excedía las veinticuatro horas habría dejado de pertenecerle, ofrecer un aspecto lo bastante repulsivo como para que nadie, ni siquiera los más diligentes o menos estresados, quisiera de buen grado transitar por el meridiano en el que se encontrase, solo y abandonado y, todo, porque un día quiso hacer algo distinto de lo que venía haciendo sin rechistar desde tiempo inmemorial semana tras semana.

Señora con pamela

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sábado, 1 de enero de 2011

Texto 2.13


Publicado por El Aventurero el ene 1, 2011 en Prólogo a la segunda carta. En busca de los sueños

2.13 “Por estos gestos, por la forma de mover las manos ante un vaso, de tocar la nariz ante una duda o de encajar las mandíbulas ante una decisión, algún analista de la conducta en la modernidad un psicólogo conductista podría atreverse a dibujar un mapa de carácter, podría incluso arriesgarse a deducir las causas de ciertos estados, manías o desviaciones sin sonrojarse, y hasta creyendo que curan y cubren una importante labor social. En la mayoría de ocasiones, el paciente ser humano conocido por su analogía con el Job bíblico estaría de acuerdo con los descubrimientos del experto y aceptaría sin dudar la conclusión de que es necesario que suba su nivel de autoestima, perpetuando con firmeza su inmutabilidad”.

Afrodita
5 enero, 2011

Son, esas que tanto se cuidan de su autoestima, personas que suelen alardear de darse mucho a los demás, de ser muy generosas y desprendidas, personas que dicen muy cargadas de razón “tengo que quererme más a mí misma”.
Una se queda un poquito perpleja preguntándose “¿Cómo… Más todavía?”.
Y ganas dan de sugerirle —pero Dios la libre a una, en su supina ignorancia {la de una, no la de Dios, que obligado estaría a hacer seres humanos un poquito menos tocinones… (y esta vez no lo digo por una sino por la cuidadosa de la autoestima, que no sé si no me estoy liando malamente entre paréntesis y corchetes ni tampoco, además, si a la hora de pegar esto en el blog lo de los corchetes va o no a funcionar)}, de tomarse tal licencia — que se quiera más, mucho más y sin reparar en gastos, aunque, eso sí, también se sugeriría “pero, chata, ya que te quieres que sea por lo menos bien”.
No sé si ha quedado claro con tanto trajín de guiones, corchetes y paréntesis.