martes, 28 de diciembre de 2010

Existiendo (parece)

Dieciséis — digo bien “dieciséis”, o de lo contrario (a saber “diez y seis”) C.J. Vertiz (por cierto, termino de leer tu última entrada, “al despertar”) se vería obligado a rectificarme; pero tengo ese defecto, todos los números que llevan delante 10 tiendo a escribirlos mal; es decir “tendía” porque ahora, cada vez, me acuerdo de C.J. Vertiz en su comentario a Quintaesencia.
Y es que esto de los blogs es un hallazgo, es una maravilla cuánto se puede aprender…
Ay, qué mal me organizo, ya me he dejado a medias la primera frase. Vuelvo a ella:
Dieciséis (ahí iba yo, “dieciséis”, ¿qué?), dieciséis días sin dejar constancia de que existo. Tiene, desde luego, la ventaja de que a este paso envejeceré despacio… Hecho un cálculo rápido arroja el feliz saldo de que en un año para mí sólo habrían trascurrido 23 días escasos.
Tal vez me compensara. Viviría lo suficiente para alcanzar un mundo nuevo, diferente, un orden de cosas más alentador, menos sórdido y desesperanzado que este que nos aqueja…
Porque, vamos a ver, ¿no estamos viviendo unos tiempos bastante terribles?
Lo sé, lo sé, en todas las épocas (de la historia y aun de la prehistoria) se han vivido tiempos terribles.
¡¡¡Pero es que aquellas gentes de antes eran incultas, primitivas, ignorantes!!!
Pero si no sabían, hombre, por Dios, ni encender una triste cerilla. Y no te digo nada de un mechero y aunque sólo fuese Bic porque, un Ronson… Y ya si es de oro… Busco en internet y, uno usado aunque casi nuevo, 270€
¿Cómo se darían cuenta los hombres primitivos de que existía el fuego?
Porque luego sí. Luego, y después de muchas penalidades — ¿han visto esa película, “En busca del fuego”? — aprendieron a hacerlo ellos y a lo mejor por pura casualidad porque chocaron sin querer dos trozos… ¿de sílex?
Bueno, de lo que fuera, y tiene de todos modos mucho mérito; pero, mi pregunta:
¿CÓMO SE DIERON CUENTA DE QUE EXISTÍA EL FUEGO?
Me pongo a discurrir y se me ocurre que porque caería un rayo que organizó un incendio.
Y es que aquella pobre gente tan bruta tenía — a su manera, claro, y que encima lo mismo ni la apreciaban — la inmensa suerte de contar con infinidad de ignorancias, cantidad de cosas por descubrir.
¿Se imaginan levantarse cada día de la cama y…
Pero qué digo, ni qué cama, ni que ni…
¿Cómo descubrirían la cama?
Me pongo otra vez a discurrir — con ésta llevo dos — y pienso que, al puramente dejarse caer hecho literalmente polvo después de andar bregando por echar el guante a un mamut, fue, alguno de aquellos, a dar con sus huesos —pongamos que era otoño y no había barrenderos — sobre un lecho de hojas y «¡cáspita! (puede, a gusto del lector si lo hubiere sustituirse por “¡joder!”), si esto está mucho más mullidito».
Pero, ahora…
¿Y qué me dicen de comerse un filete?
Que si te hagas las trenzas, que si a ver dónde dejaste la última vez la lanza, que si a ver si encuentras hoy un mamut o no lo encuentras, que a ver si cazas tú al mamut o no lo cuentas…
Porque aquellos tiempos eran de mucho riesgo y no como ahora; ahora te vas al supermercado y ahí tienes, vaca, cordero, cerdo, babilla, cadera, salchichas, solomillo, manitas…
Y todo envasado.
Todo pulcramente etiquetado, con su fecha de caducidad y su peso exacto; para que el ama de casa esforzada pueda, de un vistazo, echar con toda sencillez la cuenta de a cuántos esposos y a cuántos niños alimentará con tan poquito esfuerzo.
Y, encima, ni las gracias.
Y lo mismo hasta se lo comen de mal humor. Pues porque le falta o sobra sal o le sobran guisantes o porque los comensales andan ese día con tiranteces o con malas caras.
Pero… ¡aquel hatajo de ignorantes!
Aquel hatajo de ignorantes daba las gracias a Dios (o a una cohorte de dioses, porque entre el del fuego, el de la lluvia, el de los árboles, etc., no darían abasto pobrecillos a contentar a divinidades), y al bicho por estar regalándoles (de mala gana, claro, pero regalándoles) su carne.
Ya no. Ahora somos los reyes del mundo.
¿Y por qué digo “somos”, con este problema que yo tengo de no saber ni siquiera si existo?
Pero, en fin, entre unas cosas y otras, hoy — hoy por lo menos y mañana ya se verá — parece que me puedo tirar el pegote de proclamar, a los cuatro vientos, que he existido.


Para verla cerrada ir a la de zapatos
                                             

Safe Creative #1012288152936

1 comentario:

  1. Me alegro de haberte ayudado de algún modo, y me parece que lo que decís esta en lo correcto.El aprender es un proceso interminable aunque parezca que ya no hay que aprender.
    Tus textos me parecen de alta calidad, se me hace difícil encontrar buen material y ahí estas vos tus textos son llevaderos e interesantes y aun después de leerlos te dejan pensando,y te digo algo para mi si existís

    Eine Umarmung und ein gutes neues Jahr, o mejor dicho un abrazo y Feliz Año Nuevo!

    ResponderEliminar