jueves, 30 de diciembre de 2010

A Pocofre, con cariño

En referencia a tu enigmático comentario que reza, literalmente:
lo unico que puedo decir es: "¡!".
Y, luego, sí, me envías un abrazo; y eso me devuelve un poco el alma al cuerpo, y yo te lo agradezco.
Pero, el comentario...
El comentario, Pocofre...
¡¡¡¡El comentario llevo desde que lo vi discurriendo y no lo entiendo!!!
Bueno, venga, un abrazo.
Nota: Pero no vayas a interpretar que rechazo el tuyo y te lo estoy devolviendo.
No, no, no, no, no... Tu abrazo me lo quedo yo porque tu me lo dejaste libremente y ahora ya es mío.
El que yo te estoy enviando es uno diferente y nuevo.



Mandala (10)

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Navidad 2010 en Concatenancias

Mote para lamentos (lentos, sí)

Lentos lamentos limítrofes con la lontananza laminada de limusinas deslizándose indolentes por las lindes idílicas de aleteantes texturas saturadas de muselinas ondulando livianas en el alienado aliento tumefacto de alucinantes tentaciones tendentes a desterrar del tumulto distorsionado de infracciones segmentadas en ínfimos atolondrados pareceres de aprendidos u olvidados atracones de reflujos reflejándose en los fulgores rectilíneos de altavoces pregonando aleluyas desflecados de premuras inculpadas de púdicas, invertebradas hopalandas, atropellan —en su irracional querer asir el extremo sonoro del borrar los arrebatos de los remos al romper sobre las frentes de los renos al rumiar — todo el añil, ungido de azahar que demoró el nunca más plañir y el siempre ya prestarse a no seguir la senda atroz de los que causan mal.
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Motes
Notas:
Para ver modelo hacer clic en título de la entrada.
Para ver "Lentos lamentos" hacerlo aquí
Para ver la definición de "mote", aquí.

martes, 28 de diciembre de 2010

Existiendo (parece)

Dieciséis — digo bien “dieciséis”, o de lo contrario (a saber “diez y seis”) C.J. Vertiz (por cierto, termino de leer tu última entrada, “al despertar”) se vería obligado a rectificarme; pero tengo ese defecto, todos los números que llevan delante 10 tiendo a escribirlos mal; es decir “tendía” porque ahora, cada vez, me acuerdo de C.J. Vertiz en su comentario a Quintaesencia.
Y es que esto de los blogs es un hallazgo, es una maravilla cuánto se puede aprender…
Ay, qué mal me organizo, ya me he dejado a medias la primera frase. Vuelvo a ella:
Dieciséis (ahí iba yo, “dieciséis”, ¿qué?), dieciséis días sin dejar constancia de que existo. Tiene, desde luego, la ventaja de que a este paso envejeceré despacio… Hecho un cálculo rápido arroja el feliz saldo de que en un año para mí sólo habrían trascurrido 23 días escasos.
Tal vez me compensara. Viviría lo suficiente para alcanzar un mundo nuevo, diferente, un orden de cosas más alentador, menos sórdido y desesperanzado que este que nos aqueja…
Porque, vamos a ver, ¿no estamos viviendo unos tiempos bastante terribles?
Lo sé, lo sé, en todas las épocas (de la historia y aun de la prehistoria) se han vivido tiempos terribles.
¡¡¡Pero es que aquellas gentes de antes eran incultas, primitivas, ignorantes!!!
Pero si no sabían, hombre, por Dios, ni encender una triste cerilla. Y no te digo nada de un mechero y aunque sólo fuese Bic porque, un Ronson… Y ya si es de oro… Busco en internet y, uno usado aunque casi nuevo, 270€
¿Cómo se darían cuenta los hombres primitivos de que existía el fuego?
Porque luego sí. Luego, y después de muchas penalidades — ¿han visto esa película, “En busca del fuego”? — aprendieron a hacerlo ellos y a lo mejor por pura casualidad porque chocaron sin querer dos trozos… ¿de sílex?
Bueno, de lo que fuera, y tiene de todos modos mucho mérito; pero, mi pregunta:
¿CÓMO SE DIERON CUENTA DE QUE EXISTÍA EL FUEGO?
Me pongo a discurrir y se me ocurre que porque caería un rayo que organizó un incendio.
Y es que aquella pobre gente tan bruta tenía — a su manera, claro, y que encima lo mismo ni la apreciaban — la inmensa suerte de contar con infinidad de ignorancias, cantidad de cosas por descubrir.
¿Se imaginan levantarse cada día de la cama y…
Pero qué digo, ni qué cama, ni que ni…
¿Cómo descubrirían la cama?
Me pongo otra vez a discurrir — con ésta llevo dos — y pienso que, al puramente dejarse caer hecho literalmente polvo después de andar bregando por echar el guante a un mamut, fue, alguno de aquellos, a dar con sus huesos —pongamos que era otoño y no había barrenderos — sobre un lecho de hojas y «¡cáspita! (puede, a gusto del lector si lo hubiere sustituirse por “¡joder!”), si esto está mucho más mullidito».
Pero, ahora…
¿Y qué me dicen de comerse un filete?
Que si te hagas las trenzas, que si a ver dónde dejaste la última vez la lanza, que si a ver si encuentras hoy un mamut o no lo encuentras, que a ver si cazas tú al mamut o no lo cuentas…
Porque aquellos tiempos eran de mucho riesgo y no como ahora; ahora te vas al supermercado y ahí tienes, vaca, cordero, cerdo, babilla, cadera, salchichas, solomillo, manitas…
Y todo envasado.
Todo pulcramente etiquetado, con su fecha de caducidad y su peso exacto; para que el ama de casa esforzada pueda, de un vistazo, echar con toda sencillez la cuenta de a cuántos esposos y a cuántos niños alimentará con tan poquito esfuerzo.
Y, encima, ni las gracias.
Y lo mismo hasta se lo comen de mal humor. Pues porque le falta o sobra sal o le sobran guisantes o porque los comensales andan ese día con tiranteces o con malas caras.
Pero… ¡aquel hatajo de ignorantes!
Aquel hatajo de ignorantes daba las gracias a Dios (o a una cohorte de dioses, porque entre el del fuego, el de la lluvia, el de los árboles, etc., no darían abasto pobrecillos a contentar a divinidades), y al bicho por estar regalándoles (de mala gana, claro, pero regalándoles) su carne.
Ya no. Ahora somos los reyes del mundo.
¿Y por qué digo “somos”, con este problema que yo tengo de no saber ni siquiera si existo?
Pero, en fin, entre unas cosas y otras, hoy — hoy por lo menos y mañana ya se verá — parece que me puedo tirar el pegote de proclamar, a los cuatro vientos, que he existido.


Para verla cerrada ir a la de zapatos
                                             

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martes, 14 de diciembre de 2010

Textos 2.11 y 2.12


Publicado por El Aventurero el dic 14, 2010 en Prólogo a la segunda carta. En busca de los sueños

2.11 “Además, el ser humano aprieta los puños, mueve los labios, hace muecas, automatiza movimientos, en definitiva tiene manías que le particularizan. Son muchas veces atavismos que le proporcionan seguridad, como un código de ritos en los que se refugian sus miedos y desde los que se refrenan emociones. Hay quien se toca una ceja, hay quien se rasca con fruicción la palma de una mano, algunos no pueden pensar si no establecen un andamiaje de sujección sobre el que apoyar la cabeza, como relevando de su peso al titán Atlas; otros voltean los brazos como aspas de molino mientras hablan, los hay que gesticulan como tragándose las palabras mientras escuchan…”.

2.12 “Hay un código interminable de adicciones a movimientos; cortarlos o reprimirlos podría proporcionar inseguridad o desprotección; sin ellos hay quien se encontraría desnudo; pero ¿qué son?; en ocasiones son familiares, están presentes en toda una saga como si estuvieran asociados a la genética; una mezcla entre matices miméticos y desviaciones caracterológicas hormonales”.




Paréntesis
16 diciembre, 2010

Complicado el tema al que Enrique le hinca el diente, “desviación, ¿respecto a qué?”. Complicado y tal vez irresoluble desde la razón o el entendimiento humanos, incluso las razones más argumentadas, o serenas, o los entendimientos más preclaros. Filósofos y pensadores ha tenido el mundo desde que lo es, y teorías totalmente dispares unas con otras no han carecido del predicamento ni del grado de estimación necesarios para prevalecer en el tiempo fueran ya propugnadas por éste o por aquel o por sus correspondientes antagónicos.
Así que se puede teorizar, por qué no y sin mayor apuro, un poco con el desahogo o en la tranquilidad de que nadie va a tener la palabra última o definitiva con que invalidar (y si alguien invalida, pues que invalide; quebradero de cabeza resuelto que dejará lugar a un quebradero nuevo, que no han de faltar) lo que cada cual opine o piense.
“¿Acaso hay un patrón o arquetipo ideal del que desviarse?”, plantea Enrique.
Pienso que sí lo hay. Para meterme en el jardín de exponer por qué lo pienso así siento como inevitable el adentrarme, para complicar las cosas, en otro jardín más enmarañado y más frondoso en el que siempre se han dado grandes disparidades y convicciones bastante irreconciliables. Y es que cada uno tenemos nuestro “arquetipo ideal” aprendido tal vez de nuestro entorno, de qué nos inculcaron en nuestra niñez o, incluso, algo así como un “antiarquetipo” o “contraarquetipo” que hemos elaborado desde una actitud de rebeldía o de rechazo.
Cada cual tiene su historia. Yo por ejemplo crecí en un ambiente en que las sesiones de espiritismo eran práctica cotidiana; y todo lo que preconiza el espiritismo lo que se daba por “verdad” en ese ambiente. Detesto, por tanto, el espiritismo y, por extensión, todo cuanto tenga que ver ni de lejos con la reencarnación.
Quizá me he marchado un poco del tema, pero no tanto, y además ya estoy volviendo a lo del patrón ideal queriendo, empero, hacer notar que me doy cuenta de que el tema es, como escribí al principio, complicado o, por decirlo más clarito, polémico.
Polémico porque con independencia de que el reencarnarse fuera (que insisto, no lo creo) algo inherente al proceso evolutivo se convierte en una especie de utensilio mediante el que establecemos (establece, quien lo establezca) una especie de libro de contabilidad en el que ir registrando “mis méritos y mis buenas obras por los que recibiré recompensa en la vida siguiente” y, en la columna contraria — no sé hacerme una composición de lugar de cuál de las columnas sería el “debe” y cuál el “haber” — “la malísima suerte que estoy teniendo en esta vida y lo resignadamente que lo estoy sufriendo porque, seguro, con mis desdichas estaré saldando alguna mala obra de mi vida anterior” que sigue siendo un lavarse la cara y un continuar haciendo balance de “mis” méritos.
Y, así, con ese criterio, vamos dando vueltas alrededor de nosotros mismos, de ese “yo” y de ese “ego” que tanto hemos tratado en el punto anterior; pero sin romper nunca el cascarón de nuestro propio interés, de la constante contemplación y persecución de nuestra propia perfección amoldándola a qué es para nuestro entender “lo perfecto” que aprendimos ya por asimilación de en qué se nos educó ya por renuencia a qué se nos inculcó.
Tiene que haber otro modelo, impensado o impensable, universal o cósmico, que sea aquel del que nos estamos desviando y sólo y por causa de nuestra condición de seres vivos — humanos, para concretar y para tirar piedras gracias a nuestra razón (cosa que no hace ningún animal) contra nuestro propio tejado — que, nos creemos, va a ser lo que nos posibilite el encontrar las soluciones más inteligentes para cuidar, proteger y velar… (+)

Paréntesis
16 diciembre, 2010

(+)… por eso que terminamos por considerar que “es lo que somos” cuando está siendo tan sólo nuestro cuerpo. Que no es que pretenda que el cuerpo no tenga su para qué ni que sea poco, pero pretendo sí que ese “para qué” ha de estar siendo algo así como que esa mera herramienta ocasional que tan sólo durará los años mensurables durante los que estemos siendo “personas” sirva no ya a cada cual sino a otro fin o a otro gran proyecto más complejo en el que determinado aprendizaje sólo puede, quizás, llevarse a cabo mediante el reconocimiento de un “ego”, una identidad irrenunciable.
Creo que ese modelo cósmico desconocido desde el entendimiento pero sentido tal vez desde cada uno de nuestras células encerrando, ellas, tantos arcanos de que se escribió en puntos anteriores, es el que sin saberlo buscamos y del que, sin poderlo evitar desde nuestra naturaleza humana, nos desviamos.
“Y ese patrón, ¿es universal o es único para cada ser humano?”. Otra de las cuestiones que está planteando Enrique.
Universal, imagino; pero imagino también que aun a sabiendas (o a “creyendas”) de que el universal es el que nos aguarda sólo podemos llegar a él asumiendo y encarando y sabiendo hacerse cargo de hasta qué punto o en qué medida lo estamos supeditando desde nuestro entender al de cada cual y, a su vez, hasta qué punto influye o incide — incluso a pesar de la propia resistencia muchas veces — el universal (me gusta más “cósmico”) sobre el individual.
Se me pasa por la cabeza qué es evolucionar y se me entremezcla con no sé qué idea que tengo de que el tiempo lo percibimos o lo enjuiciamos como lineal pero que no lo es. Pero, bueno, aun acomodándose a “lineal” (que parece lo más sencillo de digerir), ¿qué sabemos de qué hemos sido antes de ser vivientes en este planeta que habitamos, provistos de un cuerpo, y qué seremos después?; ¿y si el ser seres humanos (o animales los animales y vegetales las plantas) sólo es un corto, insignificante tramo de un camino que no recordamos cuándo, cómo ni por qué ni para qué emprendimos sin recordar tampoco dónde nos llevará?
A mí me parece que lo que nos falta es descubrirlo; pero todos para todos y entre todos. Y que no sirve llevar cada uno cuenta de su propio trocito de su propio avance y “esto me lo he evolucionado yo, y es mío”.
Ah, y otra cosa, ¿lo descubriremos mientras seamos personas o tendremos, encima de la que tenemos liada, que armarnos de paciencia y esperar a ser otra cosa, ya sin hormonas y sin adrenalinas y esos humores —malos, algunos — que tanto obstaculizan?

Raya punto raya

26 diciembre, 2010

Muy cierto lo que dices, Eolo, dejarse amar. Dejarse amar por quienes saben amar y con toda su capacidad de amar; no con la que les queremos imponer para, una vez modelado y adecuado el amor al propio entender, sentirse en la obligación de en nombre de una gratitud basada en la deuda (inventada, que el que ama nunca impone), decir “como te lo has ganado yo también te amaré”.


***

Afrodita

27 diciembre, 2010

Las manías, Ulises; los hábitos que todos en mayor o menor medida tenemos y que cómo bien planteas, ¿qué será mejor, tratar de combatirlos o convivir con ellos?
Si los dejamos permanecer se harán fuertes en nosotros, si nos aplicamos a desterrarlos puede ocurrir que nos obsesionemos.
De cualquier modo, siempre tendremos otro nuevo. Un poco como ocurre con la medicina y los avances médicos, o con las guerras antiguas; que antes aquejaban a las gentes enfermedades que hoy están erradicadas, pero aparecen otras nuevas contra las que luchar y ante las que estamos tan desprotegidos como lo pudieran estar contra un resfriado en la edad media$; o que superadas diferencias entre pueblos surgen otras desavenencias entre esos mismo o entre otros. Siempre estamos igual de empantanados.
Creo que la solución terminará viniendo sola, y que del mismo modo que en tantas ocasiones esas manías y hábitos están obedeciendo a motivaciones que desconocemos, el mismo proceso evolutivo — del que a mi parecer no se tiene consciencia, creo que nadie se felicita a sí mismo celebrando “hay que ver cómo he evolucionado” — y los nuevos objetivos a lograr que el vivir nos depare se llevará los viejos y nos traerá otros contra los que contender o con los que convivir.
Y así será constantemente a lo largo de la vida, nunca por mucho que nos esforcemos llegaremos en ningún aspecto a ese punto de la montaña que nos está pareciendo la cumbre cada vez que lo miramos.
Aunque también es verdad que uno no se puede sustraer a tratar de eliminar los defectos que se reconoce.


***

Afrodita

31 diciembre, 2010

Estoy escuchando en la radio, en este momento, un programa en el que hablan de libros y mencionan uno aluden a uno de divulgación cuyo título es en español “Chapuza” (en inglés creo que han dicho “pluge”) y dice, al parecer, que el cerebro humano es una “chapuza” y que prueba de ello es lo mal que recuerda; y que si a un científico se le encargase fabricar una máquina para recordar nunca fabricaría un cerebro sino un ordenador.
Esto me ha hecho pararme por unos instantes a considerar que, puesto que se me hace un poquito cuesta arriba digerir que Dios — puesto, como se puso, a la faena de crear un Universo tan complejo y tan minucioso (tengo un amigo que dice que la trompeta del mosquito trompetero, tan pequeñita, debió de resultarle muy engorrosa) — hiciera las cosas mal o a medias, a lo mejor, quién sabe, no formase parte de su proyecto el que el cerebro recordase. Vamos, que la misión del cerebro no fuese recordar sino otra.
No sé, pero me ha hecho gracia. Y por eso os lo cuento.

domingo, 12 de diciembre de 2010

A Quintaesencia

A mí no me parece un nombre pretencioso sino muy bonito. Es lo único agradable o simpático que he encontrado en usted.
Menos mal que nací en Cuzcurrita del rio Tirón, ¿conoce usted Cuzcurrita del río Tirón?, algunos años después de la fecha que se menciona en esos folios.
¿Sabe por qué se ven tan mal?
No pisé Madrid hasta que a la edad de diez y nueve años fui para estudiar en la Universidad.
Será usted lo bastante avispada, imagino, porque Quintaesencia se me hace a mí nombre de mujer, y se habrá figurado que Estanislao es mi seudónimo para este blog. No entiendo por tanto qué ha podido inducirla, sabiendo qué me obsesiona, a tenderme una trampa tan burda, tan mal tramada.
Allá usted, de todos modos. Pero si estaba buscando impresionarme le ha salido mal. Además ese individuo no parece aquejado del mismo mal que a mí me aflige, a él solo lo fastidia y muy poco el asunto del ladrillo.

En cuanto a su segundo comentario, el de las 16:53, le agradezco el enlace pero he echado un vistazo y creo que no va con mi temperamento ni con mis inquietudes. Que soy persona y más con este problema mío que quiere tener en todo momento los pies bien anclados en el suelo.
¿Y Vicente quién es?


Réplicas
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lunes, 6 de diciembre de 2010

Estoy muy nervioso

Pues no lo sé, pero mucho. Y asustado porque hay gente por ahí[i] diciendo que ni existo ni he existido jamás. Tendré que averiguar una forma de dejar constancia de que soy de carne y hueso.
Por eso me he creado este blog, que lo estreno hoy, para ir escribiendo en él de cuando en cuando.
Lo que vaya poco a poco rellenando será una prueba porque me quiero imaginar, y no es que quiera yo hacerme el Descartes (que tengo además idea de que era más altivo y categórico que un servidor), que si escribo es porque existo.




[i] Bueno, “gente”; un don Apuleyo y una tal Nufñre, que a mí no me duelen prendas a la hora de señalar con sus nombres y apellidos a quienes levantan bulos.
Y quien quiera comprobar la veracidad de mi acusación que vaya al marquito 13 y haga clic en el número 21 para ver la declaración ignominiosa de ella; y para ver la de él  que suba hasta el título de esta entrada y haga clic.


Un tal Estanislao
Nota: Quien quiera ver más ignominias que siga por aquí y encontrará muchas, que hay gente que nada más se dedica a provocar.

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