jueves, 21 de mayo de 2009

Albertina

...pensando en otra cosa recostada contra una de las columnas, “salomónicas” por si le interesa a alguien que sepa distinguirlas ― se notaba aquí un poquito de retintín en el tono de la señorita Emérita ― de las dóricas y de las jónicas, con cara de pocos amigos, mirando cómo los operarios se esforzaban en reparar una avería que, le parecía a ella, poquito podía ya importar cuando en apenas una hora iban a poder distinguirse los contornos de las casas, las chimeneas, las cúpulas de las iglesias y los árboles y, algo, pero poco, más tarde, los colores y hasta el matiz más insignificante de los marrones de las hojas secas que alfombraban los senderos de aquel jardín que conoció tiempos de esplendor ― aseguraban algunos y no había por qué dudarlo ― pero ya nadie barría.

–Eso no es verdad ― quiso pensar.

– ¿De verdad lo quisiste?

–Sí.

Pensando ― sin “quererlo”, aunque tampoco se resistió ― que se le hacía raro, después de tanto jaleo y aquel constante ir y venir de gente todos dispuestos a decir, tener que responderse sola.

Y no mentía.

Pero supo en seguida que era el suyo un “querer” voluntarioso, merecedor de una calificación más que notable si hubiera que evaluar su dignidad de cero a diez; pero distante y frío y sin nervio y sin garra y sin…Un “querer”, en definitiva, con oficio, de esos que se dejan sentir con impecabilidad, sí, pero aséptica, sin el menor atisbo de pasión.

Oyó voces y el sonido, como un ronroneo, de lo que debía de ser el generador, aumentando ― el sonido ―, yendo a más con ese casi casi alentador anuncio de ¡ahora sí! seguido, tantas veces, de un descorazonado ¡oh, no!

Uno de los operarios, hombre con bastante seguridad fornido, musculoso y de pelo en pecho, lo que soltó fue una maldición y, el otro, aunque tampoco sería de los que suspiran por más desmoralizados que estén, en lugar de maldecir observó, con aplomo, que pues no sabía si iba a valer la pena volver a intentarlo… ¡las horas que son!

–Lo que te digo ― se dijo, estirándose un calcetín y luego el otro ―: que dentro de nada todo estará ahí sin necesidad de que nadie haga… nada.

–Eso es lo que cree, ¿eh?

Iba a responder que sí, al ponerse de pie y sacudirse la falda, gris, de tablas; pero entendiendo que, puesto que los hombres no podían verla ni oírla, no era a ella guardó silencio y agarró sus libros y cuadernos y echó a andar aunque, tras apenas dos pasos, ¡ah!... y se detuvo, y sacudió la falda, y ya casi a punto de seguir su camino se volvió para, en un movimiento furtivo, como si la estuviera robando o a traición, echar mano también a su rebeca…

– ¿Por qué lo has hecho?

–Pues, porque…― sacando una manga, la derecha, que qué casualidad estaba del revés ―: tenía frío.

Que podía ser una explicación admisible y más cuando, cuando ya la tuvo puesta, se arrebujó si bien, y lo sabía, lo cierto era que no se lograba quitar de la cabeza que ciertos toques de naturalidad conferían a los actos, por insignificantes que fuesen, un halo de… ¿verosimilitud?, ¿autenticidad?, ¿credibilidad?

Pero por si tentar dos veces a la suerte, y tan seguidas, fuese una temeridad, eligió ― menos libremente de lo que habría querido, pero es lo que hay ― no pronunciarse hasta, una vez consultados sus apuntes, tener absoluta… ¿certeza?