jueves, 13 de octubre de 1983

Un día en blanco

Algunos días, sin que se pueda concretar el porqué y sin que se tenga consciencia de que algo esté siendo sustancialmente distinto de cómo fue el día anterior parece que no sé qué suerte de canales están como “atascados”, y que las ideas se niegan a fluir, y que las palabras se agazapan no se sabe dónde y que por más que uno se esfuerce no va a sacar nada en claro ni en limpio.
Suelo creerme que es una maldición que sólo aqueja al que escribe, y a lo mejor también al que pinta o al que compone pero que no le ocurre lo mismo, por ejemplo, a un cantante. El cantante tiene su voz, con su calidad correspondiente, y si en algún momento puede no dar con el tono o con el timbre adecuado lo único que tiene que hacer es insistir, y seguir insistiendo a base nada más de voluntad; para cantar no hace falta inspiración ― pienso ―, y que la inspiración la necesitó el que escribió la partitura, pero el que tiene que cantar sólo tiene que leerla y repetir lo que está viendo.
El que adquiere aunque nada más sea para consigo mismo el compromiso de cantar cada día, cantará, si lo quiere, aunque tenga consciencia de estar cantando mal; pero el que adquiere ese mismo compromiso para escribir se puede encontrar con que, al cabo de horas frente al teclado, no ha escrito una sola palabra.
Se intenta, entonces, como a la desesperada y antes de abandonar resignado, recurrir a algún juego que resultará aburrido, ya lo sé, consistente en ― es lo que he hecho hoy ― tomar una palabra, al azar, que en mi caso ha sido “escaramujo”.
A partir de ahí y tomando las últimas letras de cada palabra — no importa cuántas, pueden ser todas si al añadir va a resultar una palabra nueva, la única regla es respetar el orden — se siguen enlazando palabras procurando que la serie no se interrumpa, no se cierre, y sea lo más larga posible.
Me ha llevado un buen rato porque a veces tarda en acudir a la cabeza esa palabra que ha de enlazar, pero al final he conseguido una especie de lista con 210 palabras que es esta:
Escaramujo jocoso sombrero roedor dorado dormitar tartana narrativa vacante tenebroso soberbio bioquímica caminante telemática casualidad dadivoso soberano notarial alambre brebaje jeringuilla llamativo voladura radiador dolicocéfalo locomotora orador ordenanza zapato tomate textura uralita italiano anodino nonagésimo motor torpedo domador orquestar tarascada daltónico iconoclasta taladradora adorar orar rareza zapatiesta estandarte tendedero erosionar narcotizar zarcillo llorona nacido idóneo neoclásico icono onomástica calendario ornamento torrentera entera ralladura urbanismo monosílabo bobalicón cónclave clave clavel velador adormecer mecer cercenar cenar narrar arribar barranco costilla llaneza zaherir herir ir ira rabia abanico  colegial algarada daguerrotipo tipo tipográfico gráfico colesterol  rollo llovizna nazareno novicia noviciado adorable bledo doloroso oloroso oso sobrino nocivo vocear arsenal altivo voluntario ario oratorio olifante antena enamorado morado adoquinar narrar arrasar sarmiento toledano anonadar argumentar tartaleta letal talego ego egocentrismo monótono tono onomástica calamidad dado adosar sarraceno enorme menester terciar arboleda daltónico tónico colegir girar arriate tetera erradicar cardinal alicaído dolo dolor olor ordinal alquilar lar largueza zarandaja ajar jardinero erosionar narcotráfico tráfico  coadyuvante tenderete eternizarse semental tal taladro droga gamberro erróneo neoliberalismo morboso sobreseer errante  antediluviano anofeles lesbianismo monosílabo botica boticario ionizar zarpar particular largo goma matriz trizas zascandil zascandilear arborícola coladero derogar garbanzo zozobra brazo zoquete tenencia ciática cancionero erotizante antenista talar alarido idoneidad dador orquesta estadística carámbano nonagésimo monacal calcinar narigudo.
Las palabras habrían podido ser otras, sí; pero el forzarse a respetar esas letras de la anterior y el mismo orden para iniciar la siguiente facilita el que se ocurran palabras que, de otra manera, no acudirían y se quedaría uno encasquillado en las palabras que le son más familiares, más cercanas, más vinculadas a la rutina y a los gestos y costumbres propios. Esa es la única ventaja del truco.
Luego todo el experimento consiste en ir cogiendo esas palabras, eligiéndolas, ahora sí, e ir formando oraciones que tengan una estructura gramatical razonable y sin preocuparse de que el sentido de las frases sea absurdo o estrafalario.
El resultado ha sido este:
Jocosos escaramujos menesterosos tocados con sombrero narcotizan,  voceando brazos cargados de zozobra, al nonagésimo arrasar erotizante de carámbanos daltónicos que intentan alicaídos sobreseer, aunque en vano,  el morboso errar del coladero de un egocentrismo arborícola anonadado y letal que deroga el adormecer de la llorona ralladura dolorosa del monótono zarpar rumbo a la largueza de cierto enamorado arsenal que, involuntario y coadyuvante de bledos amenazando eternizarse en monosílabos, orquestan el brebaje que debe adormecer a los zarcillos narigudos y calamitosos que adoquinan la onomástica de un enorme zaherir soberano de dádivas.
No es una maravilla, ¿verdad?
Pero me hago la composición de lugar, en mi imaginación, de que tengo sin opción a elegir que presentarme a un examen. No valen excusas, no puedo decir que estoy enferma o que se averió el autobús o, yo qué sé, cualquier cosa.
Y me presento a mi examen. Y sé que he suspendido. Pero, míralas, ahí están, tres cuartillas y media que ya no están en blanco.
He cumplido mi misión lo mejor que he podido.
Haré cosas así cada vez que me atasque. Haré cualquier cosa que no sea quedarme paralizada mirando la pantalla y, así, cuando me muera y quien o lo que haya de juzgarme me pregunte qué hice con mi vida podré, por lo menos, responder que intentar hacer algo.
                                                                                                    13/10/1983 0:53:49