viernes, 13 de julio de 2018

Tela de araña

A los humanos, a todos y por muchas diferencias que puedan existir entre uno y otro, lo que nos mueve es la búsqueda de la felicidad. Qué sea para cada uno de nosotros la felicidad puede ser muy distinto y hasta incomprensible, o impensable, o ridículo o absurdo o disparatado para todos los demás; pero siempre será esa búsqueda el motor de la vida y de todas las vidas de estos que nos llamamos seres racionales.
A veces valoramos, por ejemplo, la abnegación con la que algunos a lo largo de la historia se han entregado a tareas duras, o ingratas de forma en apariencia desinteresada…
Se me viene a la cabeza Teresa de Calcuta, que tantos elogios y alabanzas recibió en la vida y, después de su muerte, el honor de ser elevada a la categoría de santa, o beata, o algo así; y se me ocurre preguntarme si no era ese reconocimiento y ella sabría qué ambición de ser glorificada y elevada a los altares lo que la movía. 
Las gentes son capaces de las mayores extravagancias persiguiendo sus sueños; pero son sus sueños y a los sueños es imposible renunciar.
Hay búsquedas menos aparatosas o espectaculares pero, en cualquier caso y eso es incuestionable, encontremos la felicidad en lo que la encontremos la felicidad que vivamos siempre será emanada, estará proviniendo, de cualquier humano que puede ser otro o puede ser uno mismo; pero siempre de un ser racional que estará impregnando de voluntad, o de intención, o de ambiciones o de sueños sus propios actos.
Un artista, sea pintor, músico, escritor, poeta o cualquier otra cosa que no se me esté ocurriendo, busca ser feliz o bien pintando, componiendo, escribiendo o, bien también – que por qué no – acariciando la idea del prestigio o la fama o el reconocimiento que su obra vaya a proporcionarle.
Por su parte siempre habrá el receptor, el que al mirar un cuadro o escuchar una pieza musical o leer un libro se sentirá feliz.
Y así siempre vamos (van) por la vida dando y recibiendo los unos de los otros en la medida en que “dador” y receptor satisfaga las expectativas del contrario.
Y así, en una especie de tela araña, todos somos un poco responsables de la felicidad o infelicidad de todos cuantos se cruzan en nuestros caminos, y de todos cuantos se cruzan en los caminos de quienes, al cruzarse con nosotros, se vieron afectados por nuestros actos y por nuestro estar.

lunes, 18 de junio de 2018

Texto 14.14


Publicado por El Aventurero el Jun 18, 2018 en Prólogo a la carta número catorce. Llamando a las musas.

14.14 “Cuentan los que se definen como entendidos que las artes escénicas nacieron en el timepo del Imperio Griego. En todos los ritos hay teatro. Teatro con su primer agonista conducido al sacrificio voluntario o forzado, con relaciones ascendentes y descendentes, Tierra y Cosmos, que intentan colocar al hombre como crisol, como ser místico-redentor en el que se reúnen las condiciones para que se decida la Historia. Y cuando en el teatro se pregona el nacimiento del hombre futuro o se denuncian las trabas para que nazca, se está trabajando en la base del arte, y todos los que participan comparten un viaje mágico por los territorios de Eros y Tánatos y a la vuelta cuentan al cerebro que se puede romper la dualidad.”




COMENTARIO DEL AVENTURERO


Un hombre camina hacia el centro de una plaza. Atardece. Se detiene ante una hoguera que se levanta victoriosa hacia el cielo, justo en el centro del círculo. Hay tres lámparas de aceite. Las enciende despacio, reflexivamente. Deja una moneda. La luz de la hoguera desdibuja una figura que le está observando: Hermes ha acudido. El hombre se atreve a cercarse a su cara y, rápidamente, le susurra al oído un secreto. Una pregunta. Casi inmediatamente se tapa los oídos y camina lentamente hacia el exterior de la plaza, dejando tras de sí la hoguera y la estatua.


En todo rito hay teatro, hay confusión y hay esclarecimiento. Ambas cosas son parte de lo mismo. El antagonista también necesita resolver su vida. La necesidad es parte del destino que, aparentemente es un proceso de vida pero en realidad es un proceso de muerte. Eros y Tánatos buscan despertar al daimon. La respuesta más elevada, la solución más sorprendente, sale del abismo y sale del cielo. Porque ambas cosas son parte de lo mismo. Desde el Cosmos se crea la Tierra y desde la Tierra sólo se puede mirar hacia el Cosmos. En este proceso ascendente y descendente, los dioses juegan un papel similar al antagonista y al protagonista y su poder divino es capaz de decidir el destino por encima del bien y del mal, por encima de todo conocimiento posible. Y todo actor es en sí mismo todo lo que se puede desear y despreciar en un ser humano, en esa aspiración de ser lo más alto desde lo más bajo, contradicción pura, vida, delirio báquico que quita el sentido de las cosas y muestra, sin embargo, su vocación. Así, por fin, nace un pensamiento lúcido: es como si el olvido despertase la memoria.


Olvidar todo aquello que no permite dar salida a lo que todavía no es, pero está siendo, a aquello que sabemos que debería suceder de forma inminente, pero no vemos. En realidad, vamos al teatro para recordar o mejor: para olvidarnos y recodarnos al mismo tiempo. Dar impulso al daimon que atraviesa las finas puertas del Hades y regresa preñando cada instante de misterio. Y al salir del teatro, allí donde miremos, el misterio nos devuelve la mirada y todo cobra sentido porque significa algo que todavía no entendemos. Hemos invocado a la misma Afrodita (en secreto, sabemos que ninguna idea y ningún dios es capaz de resistirse a su belleza), y nos hemos convertido en Eros.


Cuando el hombre llega a los edificios que rodean la plaza destapa sus oídos: la primera voz que escuche será la respuesta a su pregunta. Voluntariamente, prefiere vivir resolviendo el enigma. Porque ni él ni nosotros nos atreveríamos a acercarnos a un dios para pedirle una receta, sabemos que así no se decide nuestra Historia.

domingo, 6 de mayo de 2018

Texto 14.8

Publicado por El Aventurero el May 6, 2018 en Prólogo a la carta número catorce. Llamando a las musas.

14.8 “Cuando alguien contempla los iconos de Andrei Rubliov puede intentar el análisis, buscar los colores, la geometría, la composición estética, incluso valorar la armonía entre los mudras contenidos en los mensajes de las manos y las llamadas que se desprenden de las miradas. Puede admirar la capacidad técnica del aparejo de las tablas y utilización de los colores, pero si se deja contemplar por la obra, si se abandona a una geometría buscada y encontrada que despierte la suya, se estará produciendo el encuentro con un nivel de consciencia desconocido y será el espectador el que realmente se convierta en artista. Ésa es la magia del arte, por medio de sus claves misteriosas se pueden repetir encuentros que transformen de manera diferente la consciencia cada vez que se contempla la obra.”




COMENTARIO DE EL AVENTURERO

Dejarse contemplar por la obra de arte, abrir espacios a la consciencia, eliminar el pensamiento lineal, el análisis, abrir la intuición del corazón, dejarse palpitar, esperarse, purificar la materia y dejar que el espejo transforme la figura que refleja, con el pecho abierto y la mente clara y las raíces hacia el cielo, pues la obra se proyecta de manera inevitable sobre su espectador.

Cuando uno contemplaba una obra de arte, recibe inevitablemente una “impresión”. Aunque sensitivamente no la reconozca, la onda vibratoria que desprende un cuadro, su proyección lumínica, sus colores, cambian su temperatura en cada gama, ondas geométricas rebotan en los rincones y paredes de su propia catedral corpórea y una música distinta ilustra el pensamiento.

Cuando alguien contempla la obra de un artista, si la contempla sin juicio, mas con entrega abierta, recibirá el regalo divino del encuentro que el propio artista encontró en el proceso de descubrir su obra. Ese rastro sigue latente y no desaparece ni siquiera con la muerte del autor, pues abrió una ventana a otros espacios de vida, desde esa entonación afinada de la materia de su obra. Participar de un hecho artístico exige del espectador un acto de aventura, como quien se enfrentara a lo que pudiera ser para él mismo un rito iniciático guiado por ciertos sacerdotes: la propia obra. Pues el arte nos puede hacer viajar en el tiempo hasta el borde de su frontera, algo así como soñar despierto.

domingo, 25 de marzo de 2018

Texto 14.2

Publicado por El Aventurero el Mar 25, 2018 en Prólogo a la carta número catorce. Llamando a las musas.

14.2 “Representaciones simbólico-mágicas de aspectos divinos ligados a la necesidad del momento han sembrado la tierra a lo largo de milenios; y ello sólo es la punta de iceberg, lo mínimo que físicamente se ha conservado, de lo que todos los hombres de todos los pueblos de la Tierra han ido atesorando y lanzando al plano arquetípico de lo colectivo. El arte es pues, uno de los aspectos que definen la consciencia humana, una chispa que prende en la misma llama la razón, la intuición y la iluminación”.



COMENTARIO DE EL AVENTURERO
Puede deducirse de estas palabras que el arte surge del intento de aproximación del hombre a la comprensión de las cualidades de lo divino, o mejor dicho, de la necesidad ontológica del ser humano de dejar constancia material, pero también intuitiva, simbólica y etérea, de dichos intentos de reconocimiento y comprensión de lo divino, asumiendo en el mismo intento que todas las posibles representaciones, tanto visuales como sonoras o gestuales, son inevitablemente reduccionistas, parciales y limitadas.

La generosidad del ser humano de desear compartir todo encuentro íntimo y personal con lo trascendente, por pequeño y breve que sea, buscando la forma de transmitirlo al resto de sus congéneres, es uno de los rasgos más destacables del hecho artístico, y uno de los atributos más valiosos del género humano. Además, afortunadamente, este intento de transmisión nunca cae en saco roto, pues, como dice el texto, se atesora en el plano arquetípico de lo colectivo, al que toda persona con inquietudes de búsqueda espiritual puede acceder. Así visto, el Arte es una de las más importantes herramientas evolutivas de las que disponemos.

jueves, 15 de marzo de 2018

Pues que Facebook no me tire de la lengua.


Alicia Bermúdez Merino


El Facebook me pregunta qué estoy pensando y, claro, me tira de la lengua. Así que sí, voy a decir qué estoy pensando.


A saber:


Que él pasado día 8 acabé hasta la coronilla de feministas y de feminismo. Y que creo que, no sé quién ni sé dónde, está interesado/a en mostrar una realidad que, en el mundo occidental, al menos, no es ni pálido reflejo de la verdadera realidad. Las mujeres en occidente no están (no estamos) en absoluto dominadas ni sojuzgadas más que (en todo caso) por culpa y causa de haber renegado de la feminidad y haber incorporado a su/nuestro vivir criterios y actitudes tan machistas como los criterios y actitudes que (dicen) pretenden combatir.


Que, hoy mismito (creo) multitudes de pensionistas manifestándose muy indignados y reclamando pensiones dignas.

Vamos a ver.

Yo misma, sin ir más lejos, soy una jubilada cuyos méritos laborales no fueron más allá de ser una telefonista monda y lironda. Hoy percibo la pensión máxima de la seguridad social, es decir, exactamente 2083,97 € (netos) mensuales más 2 extraordinarias.

Ello me hace pensar que la causa por la que hay pensionistas que cobran pensiones de las que hoy se quejan ha de ser, sin duda, porque ayer (quiero decir cuando estaban en activo) no cayeron en la cuenta de quejarse de lo poco que estaban cotizando.


También estoy pensando que he leído en alguna parte - en internet, sí; pero no sé exactamente dónde - sapos y culebras proferidos contra Federico Jiménez Losantos por, al parecer, haber cometido la osadía de - al tratar en su programa el tema del niño asesinado en Almería - mencionar que las mujeres también matan.


Y estoy pensando en muchas más cosas; como la prisión permanente revisable que algunos partidos quieren derogar en nombre de qué argumentos; que no se me viene a la cabeza ninguno que no sea el...

Pero si sigo lo mismo empiezo a desbarrar pensando en terroristas y gente así. De manera que mejor aquí me paro.

domingo, 11 de febrero de 2018

Texto 13.16

Publicado por El Aventurero el Feb 11, 2018 en Decimotercer Mensaje. La sonrisa del destructor.
13.16 “Una mañana, en los tiempos en que las aguas aún no se habían cargado de las sales de Ceres, en una remota cueva bañada por el mar, Shiva el Destructor enseñaba a Parvati las artes que conducen a leer el libro de todos los ritmos. Un pez surgido de la espuma escuchó encantado la susurrante voz del dios, e inmóvil contempló la clave de los prodigios que unen la magia con las leyes naturales. Mudras, mantras y mandalas y las técnicas de la segunda luz fueron escritas con saliva por Matsyendra sobre el agua. Con las primeras prácticas, el pez metamorfoseó y adoptó formas superiores convirtiéndose en hombre, y a él se debe la transmisión de las artes que abren las tres formas de consciencia sobre las que se asienta el conocimiento.”



COMENTARIO DE EL AVENTURERO
Se dice que este relato narra el origen del yoga, como técnica evolutiva. Pero también nos brinda una alusión simbólica sobre el origen del hombre y las claves de su evolución.
Frente a la combinación entre azar y lucha por la supervivencia, que tanto gusta a la ortodoxia científica, esta narración dibuja un escenario distinto: el pez Matsyendra accede a la fórmula secreta que Shiva, el dios que propicia el cambio, le está enseñando a la diosa Parvati. Con ese conocimiento, y su propio trabajo, el pez emprende un camino de evolución hasta llegar al hombre.
De este texto no se desprende que ese conocimiento fuera robado, aprovechando un descuido de los dioses. Tampoco que fuera regalado. ¿Se dejó al alcance de un pez especialmente buscador de los misterios superiores? ¿Fue un premio, una manera de reconocer, de rendir homenaje a su esfuerzo y compromiso personal con la Aventura? ¿Será esta una regla de oro para la evolución, personal y colectiva, que se ha seguido desde entonces? El esfuerzo y el compromiso con el trabajo personal, ¿no será la parte del trato que depende de nosotros?

domingo, 31 de diciembre de 2017

Texto 13.10

Publicado por El Aventurero el Dic 31, 2017 en Prólogo a la carta número trece. El impulso constante.

13.10 “¿A qué hay que renunciar? El primer paso que se debiera asumir, aceptar el propio estado con su ruido y sus remansos, y aceptar la lejanía de la propia esencia como parte imprescindible del proceso, aceptar que la manera de enfocar la realidad es consecuencia de limitaciones adquiridas que han ido creando un tejido impostor que emborrona la experiencia, es una de las claves para llegar a leer ese estereotipo al que el hombre confunde con su personalidad real. Hay que dejar de ser víctimas en estado de lamentación, culpando a las circunstancias y a las manipulaciones de los otros”.


COMENTARIO DE EL AVENTURERO

En el desasosiego de la propia existencia, el hombre culpa a los demás o a las circunstancias de su malestar, sin entender que el motivo es la lejanía de su propia esencia, lo cual forma parte de la vida. La clave está en asumir el propio estado: entender que somos seres inacabados en proceso de formación. Comprender que recorremos un camino que es necesario o más bien ineludible. Estamos donde nos corresponde realmente y no donde desearíamos estar.

No es fácil asumir la lejanía de la propia esencia desde el estereotipo que forjamos a lo largo de la vida. Desde esta impotencia existencial el hombre trata de entender. Pero le cuesta asumir que, desde la limitación, no se puede alcanzar la experiencia real. Desde la impostura no se puede alcanzar la realidad. Es como el pez que se muerde la cola. Y para romper el círculo necesitamos la fe. La fe es el vehículo que debe propulsar la existencia para poder salir del laberinto. Nos ayuda a continuar en el camino con el objetivo de asumir la responsabilidad de haber nacido, para dejar de ser víctimas en un proceso que nosotros mismos elegimos.